Tres semanas. Casi un mes entero de colapso diario, saturación al límite y desamparo institucional en Ceuta. Eso es exactamente lo que ha tardado Pedro Sánchez en percatarse de que el Gobierno de España, a lo mejor, tendría que hacer algo más que ponerse de perfil y mirar para otro lado. Y cuando por fin La Moncloa se digna a mover ficha en esta gravísima crisis fronteriza, la respuesta roza directamente el esperpento: nombrar un coordinador.
El agraciado para semejante maniobra de distracción ha sido el ministro Ángel Víctor Torres. La genialidad de Sánchez consiste en mandar al titular de Política Territorial y Memoria Democrática a poner orden en la inacción de nada menos que cinco ministerios. Una mesa redonda de incompetencias que ahora, por fin, tiene moderador oficial con «acento canario». Mientras tanto, el resto del gabinete anda en su propia gira del desentendimiento: Mónica García, ministra de Sanidad, anunciando el «último piti» desde una terraza; Félix Bolaños, ministro de Justicia, grabando vídeos sobre sus viajes con tono de influencer; Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, recomendando lecturas al más puro estilo de la biblioteca de Sánchez o Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, de vacaciones conceptuales.
La jugada es la de siempre: crear un cargo de carrusel para vender la moto de que se gestiona mientras el problema se amontona en la puerta.
Tiene guasa la elección del personaje. Que el designado para sofocar el incendio en la frontera sur sea quien dejó a Canarias hecha un cuadro en materia migratoria durante su etapa autonómica es para echarse a temblar. En las islas nos sabemos la película de memoria: improvisación diaria, parches continuos y un seguidismo ciego a Madrid que terminó colapsando el archipiélago. Si ese es el aval que trae Torres bajo el brazo, los ceutíes ya pueden ir preparando el cuerpo.
Lo que Ceuta necesita no es un «coordinador de coordinadores» ni visitas quincenales para salvar el titular de la semana. Lo que la ciudad autónoma exige a gritos —como lleva semanas repitiendo con pleno sentido de Estado su presidente, Juan Jesús Vivas— es la asunción real de competencias por parte del Ejecutivo central, la activación de un mando único con autoridad de verdad, un refuerzo serio de medios para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y una política exterior que deje de ser un coladero.
En lugar de dar la cara, Sánchez prefiere enviar a un ministro a hacer de fontanero. Un parapeto perfecto para esquivar el tiro y repartir culpas a conveniencia cuando la gestión vuelva a hacer aguas por los cuatro costados. Ceuta no es un plató para el postureo ni un expediente molesto para quitarse de encima en el Consejo de Ministros; es la frontera sur de España y de la Unión Europea. Y la soberanía no se defiende mandando intermediarios a poner tiritas: se defiende con firmeza, recursos y verdadero liderazgo. Justo todo lo que en La Moncloa brilla por su ausencia.






