La semana pasada pasé frio en Valladolid, pero sin Oscar Puente. Me tocó tribunales y lo pasé bien, en sala pude escuchar el brillante alegato final de mi compañera Malole quien sostuvo que el perito debió traer a declarar al ordenador, ya que todo su informe estaba hecho con IA. Que descarado. Cada vez pasa más.
Para colmo, al salir de la sala y saber que venía de Tenerife, me preguntaron si conocía al abogado de mi colegio que había sido cazado utilizando no sé cuántas referencias a sentencias inventadas por la IA -creo que 48-. Me dieron incluso nombre y apellidos del chaval. Chiquito futuro le queda. Y la famita que nos dejó. Esas cosas no se hacen, hombre.
En fin, al final Binter nos trajo de vuelta a la isla, con la amabilidad de costumbre –a ver si aprenden otras, o mejor no- y esta vez no coincidí con Carlos Herrera, el de la COPE, que siempre viene al Carnaval de Tenerife, y he soportado su arrogancia en al menos tres ocasiones. Y para que diga yo eso, manda lo que manda.
En fin, semana de paréntesis colectivo en el que se suspenden las normas, se relajan las responsabilidades y todo el mundo finge ser otro. Es Carnaval y en Canarias se vive de otra manera. Los políticos canarios suelen marcharse de vacaciones, desaparecen sin necesitar mascaritas, no les hace falta, ya la llevan todo el año.
Hoy la vida política diaria la define su capacidad para vivir permanentemente en Carnaval: disfraces morales, comparsas ideológicas, máscaras de responsabilidad y una alegre renuncia a dar explicaciones. Aquí, mientras medio archipiélago baila y el otro medio hace como que trabaja, los políticos hacen lo de siempre: desaparecer. Y cuando reaparecen, es para hacerse un vídeo ahora tan de moda, para sus redes sociales. Ya algunos se han dado cuenta de que eso se lo dejen a los profesionales y que no lleven al lado un comunity manager, que eso lo pagan en las urnas, que os publiquen otros, el autobombo no suele funcionar. Los políticos hagan política. Cada uno a lo suyo.
En este ecosistema, los más escuchados no son los que piensan mejor, sino los que dicen la chorrada más compartible. Nadie se fía de quien parece saber de lo que habla. Un chiste basta para convertir al sensato en sospechoso. Los idiotas conectan por parentesco y hay mucha familia entre los políticos y cuñaos ni os cuento. Como el único baremo intelectual son los likes, resulta lógico que Gabriel Rufián gane por goleada a Winston Churchill, o que Ione Belarra supere a Simone Weil. No es que creamos más a unos que a otros: preferimos a los tontos porque nos entretienen sin exigirnos pensar, algo muy propio de semana carnavalera.
De modo que las declaraciones de Felipe González tienen muchas cosas en contra, empezando por la personalidad de quien las pronuncia. Don Felipe es importante, -para que te enteres Oscar López, simplón- y eso basta para generar antipatías automáticas. Además, presidió el país de España al frente de un partido que hoy sigue gobernando, aunque ya no lo reconozca ni la madre que lo parió, atribuida a quien fue su vicepresidente Guerra, don Alfonso. Un día coincidí con él en el aeropuerto y me prometió que vendría a dar una charla, lo invité, la organicé, pero nunca me respondió a los correos.
Todavía hay votantes socialistas -también en Canarias- que creen que votan a Felipe González , cuando lo hacen con la papeleta del PSOE. Por eso tiene peso que haya dicho que, si el PSOE vuelve a presentar a Sánchez, él votará en blanco. Pero para los políticos sanchistas, él ya no es un referente. Ahora lo es Patxi López o la vicepresidenta Montero. La comparación resulta cruel, como intentan descifrar la letra de una murga.
Un día lo oí decir –a Felipe- que él tenía la fórmula para acabar con el sanchismo, por lo que yo considero que su obligación como hombre público es señalar la alternativa, ya. Pero para eso hace falta coraje, que escasea más que el sentido del ridículo en Carnaval.
Y mientras todo esto ocurre, aquí en Canarias seguimos de Carnaval. Con gobiernos que se maquillan, responsabilidades que se diluyen y una política que, por una semana, se parece demasiado a lo que es el resto del año. Con una diferencia: ahora, al menos, nadie finge que va en serio. Sigamos con la IA.







