El Gobierno de Canarias ha puesto sobre la mesa su nuevo Plan de Salud, un documento estratégico que pretende marcar el rumbo del sistema sanitario hasta 2031.
Como todos los demás, el papel identifica los principales problemas, fija objetivos claros y dibuja una hoja de ruta para mejorar la atención sanitaria en el Archipiélago. Pero, como ha ocurrido en muchas otras ocasiones, la clave no está en el diagnóstico, sino en la capacidad real de ejecución.
El propio plan reconoce una realidad que conoce hasta el último paciente de Canarias: el sistema sanitario arrastra déficits estructurales que no se han resuelto en años.
Listas de espera elevadas, falta de personal en determinadas especialidades, presión creciente sobre la atención primaria y desigualdades territoriales son algunos de los elementos que dibujan ese escenario.
Diagnóstico
Uno de los puntos fuertes del plan es precisamente ese, que no esquiva los problemas (o lo pretende). Identifica con claridad el envejecimiento de la población, el aumento de enfermedades crónicas, la presión asistencial o la necesidad de reforzar la prevención.
También pone el foco en la atención primaria como eje del sistema, una idea recurrente en todas las reformas sanitarias, pero que en la práctica sigue sin consolidarse plenamente.
La primaria continúa siendo el primer nivel de contacto con el sistema, pero también uno de los más tensionados. El documento plantea reforzarla, mejorar la coordinación con otros niveles asistenciales y avanzar hacia un modelo más preventivo.
Nada que no se haya dicho antes. La diferencia, una vez más, estará en si se traduce en cambios efectivos.
La experiencia en Canarias demuestra que los planes estratégicos suelen acertar en el análisis, pero fallar en la implementación. No por falta de intención, sino por una combinación de factores como las limitaciones presupuestarias, falta de personal, rigideces administrativas y cambios políticos.
El horizonte de 2031 añade otro elemento de incertidumbre. Se trata de un periodo que trasciende varias legislaturas, lo que obliga a garantizar continuidad en las políticas sanitarias, algo que no siempre se ha conseguido.
Además, el plan plantea transformaciones profundas, como la digitalización del sistema, la integración sociosanitaria o la reorientación hacia la prevención. Cambios que requieren no solo inversión, sino también tiempo, coordinación y capacidad de gestión.
Profesionales y pacientes, en el centro… o en el discurso
Otro de los ejes del plan es situar a los profesionales y a los pacientes en el centro del sistema. En el caso de los primeros, se habla de mejorar condiciones laborales, fidelizar talento y reducir la temporalidad. En el de los segundos, de mejorar la accesibilidad, la calidad asistencial y la experiencia dentro del sistema.
Son objetivos compartidos por cualquier modelo sanitario moderno. Sin embargo, la realidad actual muestra que el sistema sigue teniendo dificultades para retener profesionales, especialmente en determinadas áreas y especialidades, y que los pacientes continúan enfrentándose a demoras y barreras de acceso.
La brecha entre el discurso y la experiencia cotidiana es uno de los principales retos que el plan deberá cerrar.
Y es que el citado plan no es solo un documento técnico sino casi un contrato implícito con la ciudadanía sobre cómo debería evolucionar el sistema sanitario en los próximos años, arrastrando el peso de planes anteriores que no lograron transformar la realidad al ritmo esperado.
La pregunta, como siempre, es si esta vez será diferente.







