Mi profesor de hermenéutica filosófica era un personaje inolvidable. Tenía algo socrático en el aspecto: barba blanca cuidada, no muy larga, una mirada paciente y una forma de caminar que parecía siempre estar escuchando antes de hablar. Le gustaba utilizar terminología precisa en griego antiguo, como si cada palabra tuviera un peso que no debía perderse en la traducción. A los alumnos con los que tenía más confianza nos saludaba cada junio, justo al terminar los exámenes, diciendo que él iba a pasar el verano con Platón y La República. Lo decía con una mezcla de humor y convicción, como quien anuncia un retiro intelectual. Añadía que bajar al Pireo era lo mejor que podía ocurrirle a cualquiera que quisiera pensar políticamente, sobre todo a quienes mostraba inclinación por la política. Y como después del descenso viene la subida, nos despedía diciendo que nos veríamos en septiembre. Así que cuando septiembre se asoma me acuerdo de él y de Sócrates bajando al Pireo.
Así empieza el gran dialogo sobre La Justicia, que pasa bajo el título de La Republica. Platón abre su obra política citando el puerto de Atenas: “ayer bajé al Pireo” dice Sócrates y el dialogo arranca. El Pireo, el puerto, no la Acrópolis. La parte baja, no la parte alta para hablar de la justicia. Ese gesto ha generado dos interpretaciones que iluminan el sentido del texto. Una señala que Sócrates abandona la altura intelectual de la ciudad noble para entrar en el mundo mezclado del puerto. El ruido, lo oficios, la fiesta los extranjeros, las tensiones sociales. Es el paso de la vida del espíritu a la vida de la ciudad real. La otra recuerda que el Pireo es un escenario cargado de historia política: allí se gestaron alianzas, se vivieron conflictos civiles, se incubaron tensiones que marcaron el destino de Atenas. Platón sitúa el inicio del dialogo en ese lugar para mostrar que la justicia se piensa en el contacto con la Polis viva, no en la distancia. Un puerto, curiosa actualidad, ¿no parece?
Ese descenso inicial tiene un eco profundo en libro VII de La República, cuando se asciende desde la caverna hacia la luz. La obra se abre con una bajada y se despliega con una subida hablando de justicia y verdad. Sócrates desciende al puerto para ver la ciudad tal como es, y en libro séptimo se asciende para ver la realidad como debería ser. Dos movimientos complementarios que sostienen la arquitectura del pensamiento político de Platón: bajar para toma conciencia de la mezcla y el conflicto; subir para comprender la forma de la verdad. La filosofía en ambos casos, exige desplazamiento, exige abandonar la comodidad del lugar habitual para mirar la realidad desde otro ángulo. Quizá el verano haya servido para eso: para mirar desde otro punto de vista las cosas del mundo. Un verano protagonizado por los puertos. Los puertos son siempre lugares de margen, no son el centro, pero tampoco son periferia. Son zonas donde la realidad es mezcla, donde llegan tensiones donde la ciudad se expone a lo que viene desde fuera. Cádiz, Valencia, Barcelona, Bilbao, Las Palmas, Santa Cruz, Granadilla …. y después los inmigrantes ilegales para quien cada costa es un puerto de llegada, punto de presión política social y diplomática. En fin, un puerto: quien llega, quien espera, quien trabaja, quien cruza. La Polis en estado puro. En ese margen, no periferia, se percibe con claridad que el país necesita recuperar sentido cívico, lucidez y honestidad política. Si las negociaciones se tensan y los discursos se polarizan la altura deja de servir y desde arriba no se entiende nada. Desde el puerto, la convivencia se muestra sin retórica, y por eso se exige la presencia del Estado: hay que gestionar lo que llega, lo que sale y lo que se mezcla, con la justicia. El Pireo, en la Atenas clásica, no era un simple escenario, fue el proyecto de Pericles, la puerta marítima que convirtió la ciudad en potencia comercial y militari, el espacio donde se mezclaban ciudadanos, metecos, comerciantes y marineros. Allí se respiraba una Atenas distinta a la de la Acrópolis, más abierta más tensa más expuesta al mundo. Sócrates conocía bien ese ambiente. Su figura siempre caminando y conversando encajaba en ese puerto lleno de voces y oficios. Pericles lo había concebido como símbolo de expansión, Sócrates lo recorre como uno espacio de examen. ¿Estamos examinando algún puerto nuestro? Al otro lado del estrecho, Marruecos amplia y potencia su gran puerto atlántico, con proyecto de extensión que buscan convertirlo en un nodo estratégico de comercio y tránsito. La idea circula desde hace tiempo: más capacidad, más conexiones, más influencia. Basta observar ese movimiento para entender que todos los puertos importan y que hablan de poder y de futuro. Y que mientras unos se debaten en su margen, otros fortalecen el suyo. Quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué puerto queremos ser. ¿Quién de nosotros empieza a bajar al Pireo, mirar la ciudad desde abajo y preguntar a “Los Pericles” de aquí qué quieren hacer de “Atenas”?






