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viernes, 15 mayo,2026

Trump, balas y negocios: la hipocresía de la libertad

Dicen las crónicas que en el Washington Hilton, ese salón donde las élites de Washington se ríen de sí mismas, sonaron unos tiros y hubo carreras, empujones y trajes arrugados. El presidente Trump tuvo que ser evacuado a toda prisa, no fuera a ser que la bala, tan poco respetuosa con el poder, decidiera esta vez no rozarle la oreja sino provocar un magnicidio. Y, como en toda buena tragedia moderna, al minuto ya se estaba midiendo el suceso no en vidas sino en puntos de intención de voto.

Hay atentados que matan y atentados que dan votos. A Trump le han tocado, de momento, los segundos. Cada tiro que suena cerca de él no sólo agujerea el techo de un hotel, sino que refuerza el relato del mártir del sistema, el hombre al que “quieren callar” porque dice “las verdades” que nadie se atreve a pronunciar. Que esas verdades sean a menudo insultos, medias falacias o simples ocurrencias de sobremesa no importa demasiado. Lo esencial es que haya enemigos, balas y cámaras. Lo de los argumentos da igual.

En un país donde los manuales de comunicación sustituyeron hace tiempo a los de ética, Trump ha perfeccionado el arte de convertir cada crisis en producto de campaña. Lo mismo da que insulte a periodistas, que ridiculice a mujeres o que trate a los aliados europeos como a provincias díscolas de su imperio emocional: al final, todo queda empaquetado en la misma caja, con lazo rojo, blanco y azul, y la etiqueta de “libertad”. Libertad, en su diccionario, es el derecho inalienable a hacer lo que le plazca y a ofender a quien le estorbe, siempre que el negocio siga en marcha.

Mientras se pasea por hoteles y campos de golf bajo un servicio secreto cada vez menos eficaz, su política exterior va abriendo ventanas por las que entra menos aire fresco del que se dice y más olor a petróleo del que se confiesa. Venezuela es un buen ejemplo: se presenta la intervención estadounidense como la epopeya de la democracia frente a la tiranía y, cuando uno se acerca, descubre que detrás del cartel de libertad lo que se negocia son licencias, vuelos y barriles. Lo demás –presos, exiliados, torturados– ya se arreglará… o no.

El truco, sin embargo, no es nuevo. Trump incendia la convivencia a base de tweets, mítines y bravuconadas, y luego se presenta como la primera víctima del odio que él mismo ha azuzado.

Y, por supuesto, tiene devotos. Aquí, en España, no faltan quienes defienden a Trump como si fuese el último caballero cruzado del Occidente cristiano. Que desprecie la OTAN cuando le conviene, que amenace a Europa con aranceles, que halague a autócratas varios, que trate la democracia como un molesto reglamento de comunidad de vecinos… todo se perdona en nombre de una supuesta sinceridad que consiste, básicamente, en decir barbaridades sin rubor.

El atentado del Hilton, fallido por fortuna, ha vuelto a mostrar la fragilidad de un país que presume de potencia y no es capaz de blindar un salón donde se sienta el jefe del Estado rodeado de medio Gobierno. Pero también nos ha puesto delante el espejo: ¿Cuántos estamos dispuestos a aplaudir al mártir sin mirar al empresario del caos que hay detrás?

Tal vez, algún día, cuando se cuenten estos años, se diga que hubo un presidente al que le rozaron las balas pero al que nunca le rozó del todo la idea de que la libertad no es un eslogan para vender gorras, sino una responsabilidad incómoda. Y que hubo también ciudadanos, dentro y fuera de Estados Unidos, que confundieron el ruido del tiroteo con la música de la democracia.

Luis Romero Santos
Luis Romero Santos
Abogado | Doctor en Derecho Penal

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