En Canarias, el agua no es solo un recurso. Es historia, poder y, sobre todo, propiedad. Mientras en el resto de España el agua es un bien público gestionado por el Estado, en las islas persiste una anomalía jurídica y económica que hunde sus raíces en el siglo XIX: las comunidades de aguas.
No se trata de una figura marginal ni residual. Al contrario. Durante décadas, han sido una de las piezas clave sobre las que se ha construido el desarrollo agrícola, económico y territorial del archipiélago.
Aún hoy, en pleno siglo XXI, siguen condicionando quién tiene acceso al agua, cuánto cuesta y cómo se distribuye.
Un sistema nacido de la escasez
Para entender este modelo hay que mirar al territorio. Canarias es un espacio volcánico, con escasas lluvias y una enorme dependencia del agua subterránea. Durante generaciones, la única forma de garantizar el suministro fue buscar el agua bajo tierra.
Así nacieron las galerías y los pozos, grandes obras de ingeniería financiadas por capital privado. Quien invertía en perforar una montaña o excavar un pozo no solo asumía el riesgo, también adquiría un derecho, el de explotar el agua encontrada.
Ese principio dio lugar a las comunidades de aguas. Agrupaciones de propietarios que compartían la titularidad de un caudal y lo gestionaban como un activo. El agua, en Canarias, se compraba, se vendía y se heredaba.
A diferencia de otros territorios, aquí no se poseía solo la tierra, también el agua, y eso generó una estructura de poder muy concreta.
Las comunidades funcionan como sociedades privadas. Cada socio tiene participaciones que equivalen a un porcentaje del caudal. Cuantas más acciones, más agua y, por tanto, más capacidad de decisión.
Este modelo ha permitido durante décadas que determinados actores —familias, empresas o grupos inversores— acumulen un control significativo sobre un recurso esencial. En la práctica, el acceso al agua ha estado mediado por el mercado.
La ley cambió… pero no del todo
Con la llegada de la legislación moderna, el agua pasó a ser formalmente un bien público. Sin embargo, en Canarias se respetaron los derechos históricos.
Eso significa que las comunidades de aguas no desaparecieron. Siguen existiendo, siguen operando y siguen explotando recursos hídricos.
La consecuencia es un sistema híbrido, donde conviven la regulación pública y la propiedad privada. Un equilibrio que no está exento de tensiones.
Hoy, ese modelo afronta varios desafíos. El primero es físico, puesto que los acuíferos no son infinitos. Décadas de sobreexplotación han reducido los caudales disponibles, encareciendo el agua y obligando a buscar alternativas como la desalación.
El segundo es económico. El precio del agua sigue siendo un factor crítico para sectores como la agricultura, donde los márgenes son cada vez más estrechos. En muchos casos, el coste del agua condiciona la viabilidad de las explotaciones.
Y el tercero es político y social. Cada vez hay más debate sobre si un recurso esencial como el agua debe seguir dependiendo, en parte, de estructuras privadas heredadas de otro tiempo.
Poder silencioso
A diferencia de otros sectores estratégicos, el agua en Canarias no suele ocupar titulares de forma constante pero su influencia es transversal. Afecta al urbanismo, a la agricultura, al turismo y al crecimiento de las ciudades.
Detrás de cada desarrollo urbanístico, de cada cultivo o de cada planificación territorial, hay una pregunta previa: ¿de dónde sale el agua? Y muchas veces, la respuesta pasa por estas comunidades.
El modelo ha demostrado ser eficaz en determinados momentos históricos, especialmente en contextos de escasez extrema pero el escenario ha cambiado. Hoy existen nuevas tecnologías, nuevas demandas y una mayor sensibilidad social sobre la gestión de los recursos.
La pregunta ya no es solo cómo se obtiene el agua, sino cómo se reparte, quién la controla y bajo qué criterios.
En Canarias, esa discusión sigue abierta y, mientras tanto, las comunidades de aguas continúan operando en un terreno donde historia, economía y territorio se entrelazan de forma única. Porque en las islas, el agua no solo se bebe o se riega, también se posee.







