Cuarenta y ocho horas después del anuncio del alto el fuego de dos semanas entre Estados Unidos e Irán, el Estrecho de Ormuz sigue sin recuperar nada parecido a su funcionamiento normal. La tregua, presentada por Trump como un éxito que incluía la «apertura completa, inmediata y segura» del paso marítimo, se ha topado con una realidad mucho más confusa y difícil de gestionar.
Los datos de la empresa de análisis marítimo Kpler son elocuentes: el miércoles solo cruzaron el estrecho cinco buques graneleros y ningún petrolero ni metanero. El jueves, la situación no mejoró de forma apreciable. Antes de la guerra, transitaban a diario unas 140 embarcaciones por esa vía, que concentra alrededor del 20% del comercio marítimo mundial de energía. El experto en tráfico marítimo Daejin Lee lo resumió con precisión: «Muchos armadores y fletadores se mantienen a la expectativa, a la espera de mayor claridad por parte de las autoridades y las aseguradoras.» Polymarket, el mayor mercado de predicciones del mundo, estima en solo un 25% las probabilidades de que Ormuz esté plenamente operativo a finales de abril.
El origen del caos está en la contradicción entre lo que dicen Washington y Teherán sobre el mismo acuerdo. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, aseguró que Trump fue informado de que el tránsito ya se encontraba restablecido y que detectaron «un aumento en el tráfico», mientras los medios estatales iraníes informaban simultáneamente de que el estrecho estaba «totalmente cerrado». «Lo que se dice públicamente es diferente de lo que se nos transmite en privado», reconoció Leavitt.
La situación se complicó aún más cuando la Guardia Revolucionaria iraní justificó el freno al tráfico por los bombardeos masivos de Israel sobre el Líbano del miércoles, que dejaron más de 250 muertos. Irán considera que esos ataques violan el alto el fuego, ya que una de sus exigencias era el cese de las operaciones militares israelíes en el país vecino. Israel y Estados Unidos sostienen que el acuerdo con Teherán no incluye el Líbano. Esa discrepancia, no resuelta en el texto del acuerdo, es ahora la principal palanca que Irán maneja para mantener el control sobre el estrecho.
A lo anterior se suma la cuestión de los peajes. El portavoz del Sindicato de Exportadores de Petróleo, Gas y Productos Petroquímicos de Irán, Hamid Hosseini, confirmó al Financial Times que Irán pretende cobrar tasas a los barcos que crucen, en torno a un dólar por barril para los petroleros, pagaderas en yuanes chinos o en criptomonedas, principalmente en Bitcoin, para sortear las sanciones internacionales. Los barcos interesados en transitar deben contactar con intermediarios de la Guardia Revolucionaria, presentar información completa sobre la embarcación, la carga y la tripulación, y recibir a cambio un código de autorización e instrucciones de ruta para evitar las minas. La Comisión Europea rechazó de forma taxativa cualquier peaje, recordando que el derecho a la libre navegación está garantizado por la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Los Emiratos Árabes Unidos exigieron una «reapertura incondicional» y su ministro de Industria, Sultan al Jaber, fue contundente: «Eso no es libertad de navegación. Eso es coerción.»
Trump, por su parte, dio un giro sorprendente: llegó a proponer establecer una «empresa conjunta» con Irán para gestionar el cobro de peajes en el estrecho. «Es una manera de asegurarlo, también de protegerlo», justificó en declaraciones a ABC News. Las negociaciones entre los enviados de Washington y Teherán comenzarán este sábado en Islamabad bajo la mediación de Pakistán y con el respaldo de China. El Brent cotiza alrededor de los 98 dólares por barril, un 35% más que antes del inicio de la guerra.







