Si tuviéramos que resumir la crónica económica de 2025 en una sola palabra, esta sería, sin lugar a dudas, «distorsión». Ha sido un año de espejismos, donde la euforia de los mercados financieros y las grandes cifras macroeconómicas han enmascarado una realidad subyacente de fractura y desajuste. Vivimos una desconexión peligrosa, mientras las bolsas marcan récords históricos impulsadas por la liquidez, la economía productiva real se enfrenta a un desmantelamiento silencioso provocado por el intervencionismo y las barreras comerciales. Lejos de la normalidad, el 2025 no ha traído el equilibrio, sino que ha profundizado la brecha entre la estadística oficial y la economía real.
El relato del ‘aterrizaje suave’ no ha sobrevivido al 2025, un año que finalmente se ha definido por una desaceleración innegable.Con un crecimiento global comprimido entre el 2,3% y el 2,9%, la economía ha pagado la factura de los excesos pasados, la industria se ha estancado en las principales economías y los altos costes de financiación han terminado por gripar el motor del comercio, evidenciando que el enfriamiento no es coyuntural, sino una corrección profunda del sistema. Este enfriamiento deberíamos haberlo interpretado como una etapa de recuperación, donde se liquidan los proyectos de inversión erróneamente emprendidos, y se traslada el capital, mano de obra y el resto de recursos productivos a aquellos sectores y etapas productivas donde los consumidores más demanden. Sin embargo, la recesión es el caldo de cultivo en el que resurgen propuestas proteccionistas, intervencionistas, de incremento del déficit y regulación de la economía, y estas políticas que sólo prolongan y agravan las crisis, dificultando la necesaria recuperación, son las que han llevado a cabo con el fin de no perder crecimiento, los bancos centrales y los estados.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca desencadenó un «terremoto proteccionista» bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA). El punto de inflexión fue el 2 de abril de 2025, cuando Trump anunció los llamados «Aranceles del Día de la Liberación», una medida que entró en vigor pocos días después, activando un arancel base «universal» del 10% para importaciones de casi todos los países y añadiendo las tarifas «recíprocas» adicionales a naciones con superávit comercial frente a EE. UU., castigando específicamente a la Unión Europea con un recargo extra (llevando sus aranceles totales a niveles mucho más altos). A esto se sumó un gravamen del 25% al sector del automóvil y sus componentes (efectivo desde el 3 de abril) y una expansión de los aranceles al acero y aluminio, mientras que China sufrió restricciones aún más severas, incluyendo la eliminación de exenciones para envíos de bajo valor y tarifas de hasta el 60% en sectores estratégicos hacia finales de año.
La respuesta de China a la ofensiva comercial de Trump fue mucho más estratégica que simples aranceles, activó controles de exportación severos sobre materiales críticos.Pekín impuso restricciones a la exportación de siete tierras raras pesadas (como el disprosio y el terbio), esenciales para la industria de defensa y vehículos eléctricos. La escalada continuó cuando China amplió estas restricciones no solo a más minerales, sino también a la tecnología y maquinaria necesaria para procesarlos, e incluso impuso una norma de «alcance extraterritorial», cualquier producto fabricado en el mundo que contuviera más de un 0,1% de tierras raras chinas o usara su tecnología quedaba sujeto a su control. No fue un simple impuesto, sino un sistema de licencias opaco y lento diseñado para estrangular las cadenas de suministro de Occidente sin bloquearlas oficialmente del todo.
Esta guerra comercial ha tenido un precio altísimo para la economía real, transformando la eficiencia de la globalización en una costosa fragmentación. La consecuencia más inmediata fue un shock de precios industriales, en la Unión Europea, el precio de algunas tierras raras llegó a multiplicarse por seis tras las restricciones, golpeando duramente a los sectores de automoción y renovables. A nivel macro, esta incertidumbre en los suministros forzó a las empresas a acumular inventarios de pánico (hoarding), lo que paradójicamente mantuvo la inflación industrial más alta de lo esperado a pesar de la bajada de la demanda. Además, la inseguridad jurídica frenó inversiones clave, muchas empresas no sabían si sus productos serían bloqueados en aduanas por contener «trazas» de tecnología china, lo que contribuyó directamente al enfriamiento del crecimiento global y al aumento de insolvencias que definen este 2025. Como golpe final de año, China anunció en diciembre que extendería estos controles a la plata en 2026, dejando claro que el control de los recursos es la nueva divisa de poder.
La segunda mitad del año ha estado marcada por una agresiva bajada de tipos de interés tanto de la Reserva Federal (Fed) como del Banco Central Europeo (BCE), en un intento desesperado por esquivar una recesión mayor. Sin embargo, los bancos centrales aceptan el riesgo de inflar burbujas como coste colateral para evitar el colapso inmediato, generando con estas inyecciones de liquidez la forma más evidente de agravar el problema, al volver a inundar el mercado de dinero barato, inflando artificialmente unos activos financieros que ya rozan la exuberancia irracional. Con índices como el IBEX 35 en máximos históricos sectores como el de la inteligencia artificial, creciendo sin freno y tecnológicas como Palantir duplicando su valor, esta política monetaria podría estar alimentando la misma burbuja de la que inversores como Michael Burry llevan meses advirtiendo, desconectando aún más la euforia bursátil de una economía real que se desacelera.
En este escenario de fractura geopolítica, la escalada del oro a máximos históricos, deja de ser un simple movimiento de mercado para convertirse en el síntoma más agudo de la desconfianza sistémica. Al utilizarse las divisas occidentales y sobre todo el dólar como herramientas de presión política, el metal precioso ha recuperado su estatus histórico como único activo de reserva neutral, libre de riesgo de contrapartida y fuera del alcance de sanciones o congelaciones. No estamos ante una inversión tradicional buscando rentabilidad, sino ante una maniobra defensiva de soberanía monetaria, cuando las cadenas de suministro se rompen y los acuerdos comerciales son papel mojado, la posesión física de recursos tangibles se impone sobre la promesa de pago fiduciaria, validando una huida masiva hacia la seguridad que trasciende a los propios bancos centrales. El Banco Central de China es el ejemplo perfecto, pues optó por comprar oro de manera compulsiva, una estrategia diseñada específicamente para reducir su dependencia del dólar estadounidense y blindarse ante posibles bloqueos económicos por parte de la administración de Trump.
Por su parte, el auge vertical de la inteligencia artificial representa la otra cara de esta moneda distorsionada, es el refugio de la liquidez en un mundo donde la economía física se ha vuelto inviable. Dado que invertir en infraestructura industrial o logística es ahora extremadamente arriesgado por los aranceles y la falta de materiales, el capital barato inyectado por las autoridades monetarias ha huido hacia el mundo digital y las promesas de productividad futura. Esta desconexión explica la paradoja de ver valoraciones bursátiles estelares conviviendo con una realidad industrial estancada, el dinero no fluye hacia donde es más necesario, sino hacia la única narrativa que ofrece crecimiento exponencial, ignorando si este se sustenta en beneficios reales o simplemente en la marea de dinero recién impreso que no encuentra otro lugar donde alojarse.
En este contexto de enfriamiento global, España ha sorprendido a propios y extraños. Cerrando el año con un crecimiento del PIB en el entorno del 2,8% – 2,9%, la economía española ha superado ampliamente la media de la Eurozona, obligando al FMI y a la OCDE a rectificar sus previsiones al alza trimestre tras trimestre. El selectivo español, el IBEX 35, ha vivido un año histórico, rompiendo su techo de cristal y situándose por encima de los 17.000 puntos en diciembre. La banca y las energéticas han sido las principales responsables.
Sin embargo, España enfrenta una «crisis silenciosa» en su tejido productivo, se estima que unas 70.000 PYMES están en riesgo de cierre, incapaces de competir con los costes crecientes y los márgenes del comercio online, y las economías de escala. El dato más doloroso del 2025 es, sin duda, la vivienda. Con un déficit estimado de 600.000 viviendas, los precios del alquiler y compra no han dado tregua a pesar de la bajada de tipos. Esto ha consolidado a una «generación bloqueada», jóvenes con empleo que, sin embargo, no pueden emanciparse, manteniendo el paro juvenil enquistado en un 23-25%.
En definitiva, 2025 cierra su ciclo no con respuestas, sino con señales de alarma, la combinación de una deuda pública asfixiante, una crisis habitacional que bloquea el futuro social y una dependencia crítica de estímulos monetarios sugiere que la fiesta bursátil tiene los pies de barro.España, pese a su resistencia estadística, no es inmune a este escenario de fragilidad global, donde las empresas «zombis» y la falta de productividad amenazan con colapsar el sistema al menor contratiempo. Todo apunta a que esta supuesta recuperación no es más que el prólogo de una corrección inevitable, no estamos al final de las dificultades, sino muy probablemente a las puertas de una nueva y profunda crisis estructural.








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