Estados Unidos ha completado los preparativos militares para una posible operación contra Irán este fin de semana, aunque el presidente Donald Trump ha dado un plazo de diez días a Irán o «pasarán cosas malas». El Pentágono ha posicionado estratégicamente sus recursos aéreos y navales en Oriente Próximo tras varios días de movilización intensiva. A pesar de que la capacidad operativa es total, la Casa Blanca continúa inmersa en una fase de evaluación interna sobre el alcance y las consecuencias de una acción armada.
El movimiento de activos incluye el refuerzo de grupos de ataque con portaaviones y el desplazamiento de bombarderos adicionales a bases cercanas, lo que permitiría una respuesta inmediata en caso de que el presidente firme la autorización. Sin embargo, dentro del círculo de asesores de Trump existe un debate abierto sobre si un ataque directo lograría disuadir al régimen iraní o si, por el contrario, desencadenaría un conflicto regional de consecuencias imprevisibles.
En las últimas horas, los canales diplomáticos han intentado rebajar la tensión del conflicto sin éxito aparente. Desde el Departamento de Estado se insiste en que todas las opciones están abiertas, lo que incluye tanto el mantenimiento de la presión económica mediante sanciones como el uso de la fuerza selectiva contra objetivos militares estratégicos. La falta de una decisión final por parte de Trump refleja la complejidad de un escenario donde los beneficios de una demostración de fuerza se miden frente al riesgo de una escalada que afecte a los mercados energéticos globales y a la estabilidad de sus aliados en la zona.
Por el momento, la situación se mantiene en un tenso compás de espera. La orden de ataque podría producirse en cualquier momento una vez que el equipo de seguridad nacional complete la presentación de los últimos informes de inteligencia sobre la disposición de las defensas antiaéreas iraníes y el impacto potencial de la operación.







