De repente, Venezuela se ha convertido en una asignatura troncal. Aparecen expertos como setas después de la lluvia: politólogos de barra de bar, internacionalistas de tertulia y geoestrategas de sofá. Hasta el día 3 de enero, lo único que sabían de Maracaibo era que sonaba bien en una canción de La Unión y hoy dictan cátedra sobre el chavismo, el petróleo y la geopolítica mundial. ¡Venga Ya!
Hay una cuestión seria, incómoda y jurídicamente espinosa: el Derecho internacional público. Cuando un Estado entra en otro país, vulnera su soberanía y actúa contra su jefe de Estado, no basta con decir “bien hecho” y pasar página. El uso de la fuerza está regulado de forma estricta por la Carta de Naciones Unidas, y no precisamente para decorar bibliotecas. Y, siendo honestos, lo ocurrido en Venezuela no encaja con facilidad en ninguno de sus supuestos clásicos y este es uno nuevo que habrá que integrar en el Derecho Internacional.
Otra cosa es el plano moral. Ahí la balanza pesa de otro modo. Muchos -entre los que me incluyo- pensamos que el resultado es positivo. La pregunta incómoda es si el fin justifica los medios. Y esa pregunta, por mucho que incomode a los entusiastas, no puede despacharse con un tuit ni con una bandera de Venezuela en el perfil. Esto es lo que deje dicho ayer en mi Instagram, así en frio, sin calentamiento.
Mientras tanto, en España asistimos al espectáculo habitual. El presidente Sánchez, en su línea, opta por el perfil bajo, casi invisible. Muy diplomático, cosa de Albares. Sus socios, en cambio, se lanzan a la piscina sin comprobar si hay agua: que si romper relaciones con Estados Unidos, que si salir de la OTAN, que si abrazar alianzas exóticas. En Canarias a eso lo llamamos “hablar de pajaritos preñados”: mucha ocurrencia y cero responsabilidad. Que no hay manera que aterricen en la realidad.
Hay, además, una amnesia histórica preocupante. Olvidan —o fingen olvidar— que Estados Unidos fue decisivo en la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, entre otras muchas cosas. Aquí la memoria es frágil y selectiva, sobre todo cuando estorba al relato.
Pero volvamos a Venezuela, que es lo que importa. De Venezuela pueden hablar muchos; entenderla, no tantos. Yo puedo hacerlo porque tengo familia allí y porque he tenido clientes venezolanos. Clientes que estaban contentos con Hugo Chávez y también con Nicolás Maduro. ¿Por convicción ideológica? No. Por una razón mucho más simple y más fea: las mordidas, las comisiones, el engrase permanente de un sistema corrupto donde todo tenía precio. Así que los mande a freír chuchangas, a los segundos a los primeros no.
Los datos objetivos son tozudos. Venezuela se empobreció, se cubanizó en lo peor del término y empujó a millones de ciudadanos a huir de un país que, paradójicamente, lo tenía todo para ser próspero. Nadie se va en masa de un paraíso. Y si se van, es por algo. Pero eso no lo entienden los socios del Gobierno de Sánchez ni mucho menos los sindicalistas de UGT y CC.OO.
El concepto clave que muchos repiten sin entender, parece ser que Venezuela es un narcoestado con Maduro al frente. No como insulto, sino como categoría política y jurídica. Un Estado donde el narcotráfico no es un problema a combatir, sino un elemento estructural que condiciona y dirige el poder político, judicial, policial, militar y económico. Un Estado que no persigue el crimen organizado porque vive de él, lo protege y lo integra en su funcionamiento diario.
Si se acepta que Venezuela había llegado a ese punto, la cuestión cambia. Entra en juego el principio de proporcionalidad. En la balanza, ¿qué pesa más? ¿La sacrosanta soberanía formal de un régimen capturado por el crimen o la posibilidad real de mejorar la vida de millones de personas? Los venezolanos. El Derecho internacional no responde bien a estas preguntas, porque fue diseñado para un mundo que ya no existe.
Por eso conviene menos histeria y más sentido común. Menos postureo en redes y más reflexión. Yo también opino, también escribo y también me mojo. Y me mojo diciendo algo que a muchos les incomoda: sí, los venezolanos están mejor sin Maduro. Rotundamente sí. En Canarias al pueblo venezolano le hemos llamado siempre la octava isla, -aunque ahora no se que numero ocupa con los cambios numerarios en el componente territorial- Incluso Clavijo se ha preocupado por ellos, hasta habló con Alvares. ¡ alucinante!. Ahora Clavijo sigue a lo suyo a los niños y niñas que llegan.
En suma, los otros que protestan por la detención de Maduro y que se le acaba la teta, quieren reducir todo esto a que “solo se mueven por petróleo”. Vaya falta de respeto a los miles y miles de venezolanos que han sufrido el chavismo en carne propia. Es fácil teorizar desde la comodidad europea; es más difícil mirar a los ojos a quien lo perdió todo, fue perseguido, encarcelado…y lo que Uds. ya saben. Pero lo que toca ahora es ver como la amiga de Ábalos ejerce su presidencia interina. A ver si no pide que le consoliden el puesto, como hacen estos.
Ya si eso, habrá tiempo para analizar si se ha vulnerado el Derecho internacional y qué consecuencias tiene. Pero no perdamos de vista el núcleo del problema: un país secuestrado por un régimen que había hecho del crimen su forma de gobierno. Lo demás es ruido. Y de ese, últimamente, vamos sobrados aquí.







