AENA quiere incrementar en 0,43 euros por pasajero las tasas aeroportuarias —una subida media cercana al 3,8%— para el periodo 2027–2031, amparándose en el nuevo ciclo inversor del DORA III.
Sobre el papel suena razonable: más inversión, más capacidad, más “aeropuertos del futuro”. Pero en Tenerife, donde la paciencia se ha agotado mucho antes que las colas, la propuesta cae como una provocación. Los agentes sociales y turísticos la rechazan porque la pregunta es obvia: ¿por qué pagar más por un servicio que no está funcionando?
El problema no es solo el incremento. Es el orden de prioridades. En una isla ultradependiente de la conectividad aérea, tocar la tarifa por pasajero no es una decisión neutra: acaba permeando en el precio final, en la competitividad del destino y en la economía cotidiana de residentes y empresas.
Aun así, AENA pretende venderlo como un “módico” esfuerzo individual. Tenerife sabe que la suma no se mide en céntimos, sino en coste reputacional, en tiempo perdido, en estrés operativo y en una sensación de abandono que se ha cronificado.
Tenerife Sur: el espejo
Si hay un aeropuerto donde la subida suena a chiste, ese es Tenerife Sur.
La terminal lleva meses protagonizando titulares por episodios de saturación, especialmente en controles de pasaportes, con denuncias reiteradas de la patronal hotelera por falta de personal y por la inoperatividad técnica de sistemas que, en teoría, debían agilizar flujos.
Cada fin de semana con colas interminables no es un incidente: es una prueba de estrés que la infraestructura —y su gestión— no supera.
Aquí es donde la decisión de AENA se vuelve políticamente torpe y socialmente regresiva. Antes de pedir más dinero, cualquier gestor solvente se obsesionaría con lo básico: que el pasajero entre, salga y transite sin caos.
La experiencia del usuario no es un lujo, es el producto. Y Tenerife Sur, en demasiadas ocasiones, ofrece un producto degradado.
La inversión que no se “siente”
AENA y el Gobierno central esgrimen inversiones millonarias para los próximos años, y se habla incluso de cifras concretas para Tenerife Sur.
Pero el ciudadano común —y el sector turístico— no discute la necesidad de invertir; discute la evidencia diaria de que la inversión llega tarde, se planifica con lentitud o se comunica como si fuera un favor.
Además, la crítica de fondo es incómoda: buena parte del dinero parece destinado a “renovar” sin resolver lo esencial, o a proyectos que no se traducen en capacidad real y operatividad inmediata.
Por eso el rechazo en Tenerife no es capricho. Es un mensaje: primero servicio, luego tarifa. Primero resultados, luego relato.
Un modelo que penaliza a quien no puede elegir
En un territorio fragmentado y ultraperiférico, el avión no es una opción aspiracional, es infraestructura social. Subir tasas de manera lineal tiene un sesgo evidente: castiga más a quienes vuelan por necesidad (trabajo, sanidad, estudios, familia) que a quienes lo hacen por ocio. Y si la calidad del servicio no acompaña, el incremento se percibe como lo que es: un peaje sin contraprestación.
Tenerife no pide milagros. Pide gestión, planificación con calendario y métricas públicas, dígase, qué sé yo, tiempos máximos en controles, dotación mínima, mantenimiento tecnológico real, coordinación efectiva con los cuerpos responsables y un plan operativo para picos de demanda.
Pide, en definitiva, que el aeropuerto deje de ser un cuello de botella y vuelva a ser una puerta de entrada digna. Porque si AENA quiere cobrar más, lo mínimo es que demuestre que ha hecho lo imprescindible para cobrar lo que ya cobra. Solo faltaría.







