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lunes, 2 marzo,2026

Referéndum, Tejero y los eufemismos de Clavijo

Este espacio fue, para mi sorpresa, la semana pasada el más leído de todos los artículos que he escrito, así que gracias. Curiosamente, esta misma semana mi amigo Diego me comentaba que circula por ahí -en uno de esos grupos de WhatsApp donde hay gente que sabe mucho- la teoría de que  Sánchez podría impulsar un referéndum apenas dos meses antes de disolver las Cortes en 2027. ¿La pregunta? Monarquía sí o monarquía no.

Todo ello, además, coincide con otra evidencia que empieza a incomodar: Europa ya no se cree el cuento de los menores no acompañados que llegan a Canarias. Será que ahora sí tienen ojos en la cara. Aquí, en cambio, seguimos con las gafas empañadas. Y Clavijo el primero, porque por muchas ópticas que haya en las islas, sigue llamando “niños y niñas” a todos los que entran, aunque evidencien que son hombretones. O sea, que el resto debemos de ser tontos de capirote. De eso va esto.

España tiene una curiosa habilidad para reabrir debates cerrados justo cuando la realidad se empeña en subrayarlos en rojo. Ha muerto Antonio Tejero, se han desclasificado los papeles del 23-F y, de pronto, vuelve a circular la vieja tentación: un referéndum sobre monarquía sí o monarquía no. Como si la Historia no hubiera hablado ya. Como si los hechos fuesen opinables.

Sobre esto, conviene recordarlo, la Constitución no es ambigua. El referéndum del artículo 92 es consultivo y para “decisiones políticas de especial trascendencia”, no para la forma del Estado, que está blindada por el procedimiento agravado del artículo 168. Traducido al lenguaje de Bad Bunny: no basta con querer preguntar; hay que rehacer el armazón constitucional entero. Mayorías cualificadas, elecciones, nueva votación y referéndum nacional. Todo lo demás es bobería… y bobería de la que algunos se tragan encantados.

La Historia, además, vuelve con fuerza cuando se la desclasifica. Y los papeles del 23-F han devuelto a primer plano un hecho incómodo para muchos: la democracia no se salvó sola. Se salvó porque Juan Carlos I hizo lo que le correspondía como Jefe del Estado en la noche más peligrosa desde la Transición: hablar claro, asumir mando y cortar el golpe. Sin equidistancias. Sin eufemismos. Sin miedo. Con un par. Eso que ahora tanto se echa de menos.

Ese recuerdo ha reactivado un cierto sentimiento monárquico, más institucional que sentimental. Y quizá por eso, justo ahora, aparece la pulsión de reabrir el debate. En ese terreno se mueve Sánchez, coqueteando con la idea del referéndum como quien lanza una bengala: ilumina un rato, distrae, polariza y, sobre todo, permite cambiar de tema. Monarquía sí o no. Ese es el ruido.

Cambiar de tema es, precisamente, el deporte nacional. En Canarias lo conocemos bien. Mientras se habla de monarquía, referéndums imposibles y gestos simbólicos, aquí convivimos con otra forma de política creativa: la de cambiar el nombre a los problemas para evitar gestionarlos. El ejemplo más evidente es el de los MENAs que ya no lo son.

Porque cuando un menor  no es menor y nos la cuelan como menor. No es una opinión; es Derecho positivo. Sin embargo, en el discurso institucional se insiste en llamar “niños y niñas” a quienes son mayores de edad a todos los efectos legales. Ahí aparece Clavijo, abrazando un lenguaje emocional que pretende suavizar una realidad compleja: presión sobre los recursos públicos, saturación de servicios, conflictos de convivencia y una gestión que exige datos, normas y decisiones, no eufemismos.

No se trata de deshumanizar a nadie. Se trata de nombrar correctamente para actuar correctamente. Cuando se confunde la categoría jurídica, se confunde la política pública. Y cuando se confunde la política pública, pagan los de siempre. Tú y yo. O, como a mí me gusta decirlo: Ud. y yo.

La pregunta, por tanto, no es si España debe ser monarquía o república. Esa es una discusión legítima, pero no tramitable a golpe de ocurrencia.

La pregunta real es si queremos seguir sustituyendo el gobierno por el relato, el Derecho por el eufemismo y la Historia por la consigna.

Me voy ya, que tengo el coche mal aparcado.

Juan Inurria
Juan Inurria
Abogado. CEO en Grupo Inurria. Funcionario de carrera de la Administración de Justicia en excedencia. Ha desarrollado actividad política y sindical. Asesor y colaborador en diversos medios de comunicación. Asesor de la Federación Mundial de Periodistas de Turismo. Participa en la formación de futuros abogados. Escritor.

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