¨Digo, Sagrado César, que el medio para remediar esta tierra es que vuestra Majestad la saque ya de poder de padrastros y le dé marido que la tracte como es razón y ella merece; y éste, con toda brevedad, porque de otra manera, según la aquejan y fatigan estos tiranos que tienen encargamiento della, tengo por cierto que muy aína dejará de ser, etcétera” Y más abajo dice: ¨Donde conoscerá vuestra Majestad claramente cómo los que gobiernan por estas partes merescen ser desgobernados para que las repúblicas se aliviasen. Y sin esto no se hace, a mi ver, no tienen cura sus enfermedades. Y conoscerá también como en estas partes no hay cristianos, sino demonios; ni hay servidores de Dios ni de rey, sino traidores a su ley y a su rey”.
El texto anterior es una transcripción de una carta dirigida al rey Felipe II por el obispo de la provincia de Sancta Marta, Nueva Granada, en el Virreinato del Perú. Dicha misiva se puede leer en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias del dominico Bartolomé de las Casas. Un obra que, según coinciden la mayoría de los historiadores, se caracteriza por la exageración y el tremendismo, lo que no le resta un ápice de su valor testimonial para que la corona española tomara conocimiento y conciencia de que en las tierras descubiertas por Cristóbal Colón se estaban cometiendo abusos, particularmente durante el período que duró la conquista, algo más de sesenta años desde que el navegante genovés pisara las playas de Guanahaní, más tarde bautizada como San Salvador.
E igualmente importante fue la obra desde el punto de vista del desarrollo posterior, primero de una doctrina o pensamiento humanístico, el cual tuvo gran influencia, tanto en el ámbito de las órdenes religiosas como en el de determinados gobernantes imbuidos de un recto sentido jurídico. Entre las primeras es de destacar a los franciscanos y, en particular, al prócer Francisco de Vitoria, reconocido como el artífice de lo que hoy entendemos como derecho internacional, el cual formuló y defendió el pensamiento que otorgaba a los indígenas derechos naturales y legítima propiedad de sus tierras; y entre los segundos, al virrey Mendoza de México quien, entre otras iniciativas, impulsó la creación de centros educativos y la fundación de instituciones precursoras de las primeras universidades. Esas actitudes finalmente cristalizaron en la práctica mediante una legislación positiva que Carlos I sancionó como “Leyes Nuevas” (1542), cuyo núcleo principal estaba constituido por la supresión de las encomiendas y la esclavitud de los indios.
Un lector avezado y atento habrá deparado, tras la lectura del texto inicial, que el mismo concluye con una diatriba contra los que el autor no duda en calificar “traidores a su ley y a su rey”. Tenemos, por tanto, un hecho, el de la conquista, y una consecuencia, la ley.
El primero generó abusos y excesos. La conquista fue llevada a cabo con muy pocos efectivos y los gastos de las expediciones recaían sobre los propios organizadores, es decir, prácticamente en su totalidad eran sufragados con fondos particulares, por lo que la lógica mercantilista implicaba la apropiación de las riquezas que pudieran hallarse, a costa de lo que fuere, ya que no otra cosa movía el interés de los expedicionarios, los cuales, por lo demás, partían hacia un futuro incierto.
La segunda se fue perfilando y consolidando solo unas décadas después del descubrimiento del Nuevo Mundo. Si bien el riesgo asumido por la Corona fue escaso, los beneficios que obtuvo el Erario fueron realmente muy elevados. Se calcula que al menos una quinta parte del enorme caudal del oro y la plata provenientes América revirtió sobre el reino, aunque también es cierto que aquel fue determinante e imprescindible para el sostenimiento del imperio, teniendo en consideración gastos militares, administrativos y diplomáticos.
A grandes rasgos lo descrito enmarca el contexto histórico, social y económico en el que se gestó, se desarrolló y culminó la conquista y la posterior colonización. A la hora de hacer un análisis de cualquier hecho histórico es, desde luego, imprescindible asentarnos firmemente dentro de ese contexto. Si no lo hacemos así, las valoraciones y las conclusiones a las que lleguemos estarán profusamente contaminadas y estigmatizadas por los valores vigentes hoy. Pero no solo eso, que muchos historiadores e intelectuales ya han repetido hasta la saciedad, sino que también acarrea una debacle intelectual mediante la reducción al absurdo.
Esa “moda”, traducida en obsesión, de reclamar la necesidad moral de pedir perdón por lo ocurrido a partir del doce de octubre de 1492, tiene, a mi modo de ver, una causa estrictamente ideológica, que se asienta en dos cuestiones y en un error de concepto.
La instrumentalización que del pasado heroico y glorioso de España hizo el régimen franquista, se ha convertido en algo así como una reacción alérgica urticante para concretos movimientos políticos y sociales. Que durante la dictadura se ensalzara, hasta casi el paroxismo, ese período de la historia de España, y la consideración de que el régimen entroncara directamente con el mismo, produjo el efecto demonizador de considerar un prefascismo a todo lo que representaba el poder de la época.
De otra parte, el irredento anticlericalismo que todavía, a día de hoy, caracteriza a cierto sector político, nubla y opaca una visión que es incuestionable, y es que fue la Iglesia o, al menos, una parte de la misma, la que más aportó en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas, hasta el punto de influir decisivamente en el desarrollo posterior de aquella conquista, sin olvidar que, desde los primeros instantes, los monarcas reinantes tuvieron claro que los habitantes de aquellas tierras pasaban a convertirse en súbditos de la Corona y que, como tales, no deberían ser sometidos a tratos degradantes o que estuvieran en contraposición con dicha condición.
¿Por qué razón fijar la atención y exaltar de forma desmedida los abusos cometidos por los individuos y, sin embargo, no atender y obviar contumazmente el comportamiento y las acciones del Estado dirigidas a la protección de los indígenas y no tomar, tampoco, en consideración las dificultades para hacer cumplir las leyes en un tiempo en el que las comunicaciones entre uno y otro continente tardaban en llegar meses? ¿Acaso en la actualidad, con toda la batería legislativa de la que disponemos para la defensa de los derechos de las personas y los medios para su cumplimiento, no se siguen produciendo todo tipo de vulneraciones de los mismos?
Pedir perdón. ¿A quién? Al pueblo mexicano, al peruano, al chileno … ¡claro! ¡Cómo no! El pueblo. Siempre el pueblo. El comodín perfecto para que dirigentes vulgares y sobreactuados canalicen sus incapacidades y para que -por si tuviéramos poco, parió la abuela- añadan más leña al fuego en las relaciones entre gobiernos, solo entre gobiernos, porque me niego a meter en el berenjenal a los pueblos que ellos dicen representar o, peor aún, defender. ¿Y quién o quiénes deben pedir perdón? ¿Los descendientes de Cortés, de Alvarado, de Almagro, de Valdivia? ¿El Rey de España? Es un Borbón, nada que ver con la dinastía que reinaba en los tiempos de la conquista y de la colonización. ¿El gobierno? Representa a un país y a sus ciudadanos, a los ciudadanos de hoy, no a los de los siglos XV o XVI. Y ¿qué me dicen de las responsabilidades de aquellos descendientes de españoles que se hicieron con los destinos de sus respectivos países tras los procesos de independencia?
Los Incas, ese pueblo peruano que dominaba el territorio cuando llegó Pizarro, tenían la costumbre de secuestrar a los hijos de los caciques de los pueblos subyugados. Era un mecanismo de dominación ingenioso, pero al mismo tiempo maquiavélico, pues al separarlos de sus progenitores a muy corta edad, los adoctrinaban en las creencias incaicas, hasta el punto de que debían renunciar a hablar su propia lengua y aprender a utilizar exclusivamente el quechua. Cuando llegaban a la edad de ocupar el cargo de su antecesor, evidentemente ya se habían convertido en una pieza más del entramado imperial, habiéndose producido el completo desarraigo de sus orígenes. Una pequeña muestra de que aquella no era una tierra habitada por gentes de intelecto pueril e ingenuo, morando una suerte de mundo bucólico que resultó perturbado y destruido cual si fuera el paraíso bíblico de Adán y Eva.
Solo falta que alguna mente “preclara”, de esas tan ocurrentes que nos sorprenden últimamente, comience una cruzada para exigir al presidente y al gobierno de Italia que nos pida perdón a los españoles por la conquista y colonización de Iberia; o a los monarcas árabes y del Magreb por el ¨genocidio¨ puesto en marcha en el año 711 por Tariq y Musa tras cruzar el Estrecho y asentarse en Algeciras.
En América (no en toda, por desgracia, ya que la colonización británica se acabó imponiendo en el norte del continente) se produjo uno de los fenómenos culturales más importantes de la historia de la humanidad. Porque, a pesar de algunos y de su inescrutable complejo de topos, allí se propició una nueva forma de pensamiento, aunando y ligando la tradición hispánica, conformada a su vez por la confluencia de diferentes pueblos y culturas, con la indígena, lo que, a la postre, fraguó en una serie de peculiaridades genuinamente americanas. Para llegar a eso y poder disfrutar hoy de una de las comunidades social y culturalmente más heterogéneas dentro de un escenario de hermandad universal, tuvieron que pasar muuuuuchas cosas, no todas buenas, sí, pero cuyo resultado bien mereció la pena desde el punto de vista de las relaciones humanas de convivencia, armonía y amistad entre pueblos.







