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martes, 10 marzo,2026

NO A LA GUERRA

Dijo Bertrand Russell que “La guerra no determina quién tiene la razón, solo quién queda”. A lo que yo añado: “y qué es lo que queda”. Una constante desde que el ser humano tomó la decisión de asentarse en un territorio y defenderlo a costa de lo que fuere. Pero ¿solo defenderlo? La cuestión no quedó ahí. Porque la necesidad de defensa surgió cuando otros pretendieron invadir el territorio ajeno buscando “justificaciones” varias. Y así se creó un círculo, a todas luces eterno, dentro de cuyos límites, el Hombre hizo de la guerra una actividad tan habitual que la convirtió en esencial nada menos que para !progresar y evolucionar! Sí, paradoja donde las haya; la destrucción casi como paradigma del avance de la humanidad. De ser cierta esa teoría de que el ser humano es el producto de la ingeniería extraterrestre, resultaría perturbador que nuestros “creadores” hubieran trasladado a la Tierra su conocimiento y sus descubrimientos, porque eso daría al traste con la esperanza de que otras formas de vida inteligente sean menos belicosas que nuestra especie. O si incorporamos aquí el ámbito de las leyes físicas, dícese universales, tal vez resultaría que la guerra y su quintaesencia, la violencia, es una regla insoslayable a cualquier forma de vida, resultando vano cualquier esfuerzo para eludirla, como mucho atemperarla. En fin, todo un entretenimiento esto de la guerra.

Y un juego debe ser lo que piensa el ínclito e inefable Donald Trump (u otro antes que él, como Tovarich Putin) que es la guerra, pues hace unos días tomó la decisión de iniciar la enésima, en esta ocasión contra Irán. ¿La justificación? El régimen de los Ayatolás es un gobierno opresor contra su propio pueblo; y, además, un peligro inminente para la seguridad mundial puesto que están en curso de desarrollar e implementar un arma nuclear. La primera afirmación es más que evidente. Con la segunda ya entramos en el terreno de la especulación o, al menos, de la interpretación. Y como señaló Ernest Hemingway, “Nunca pienses que la guerra, por necesaria o justificada que parezca (o que así nos traten de convencer), deja de ser un crímen”.

Pero no nos engañemos. Una vez más los motivos se adentran en la noche de los tiempos, pues no otra cosa que los hoy denominados intereses geoestrátegicos alientan la decisión de Mr. Trump, una rimbombante manera de referirse a lo que ha alentado, desde hace milenios, recurrir a la guerra: el dominio de los recursos naturales para subsistir. A lo que, en la actualidad, hay que añadir la búsqueda incesante del predominio en el comercio mundial y en el desarrollo tecnológico, los cuales, no obstante, son una consecuencia del acceso a aquellos.

Aunque, bien es cierto, que para buscar y encontrar argumentos adecuados para iniciar un conflicto bélico, la creatividad humana ha sido portentosa: guerras de religión, guerras dinásticas, guerras fronterizas, guerras civiles … Y ya no digamos si de poner nombre se trata: Guerra del Opio, Guerra de los Pasteles, Guerra del Cubo de Roble, Guerra Anglo-Zanzibarí (la más corta de la historia), la Guerra de la Oreja de Jenkins … muchas de ellas cocinadas entre lo absurdo, lo surrealista o lo ingenioso (calificativo este que sería admisible si no fuera por lo terrible de las consecuencias que llevan aparejadas). O sencillamente se ha acudido a su duración para bautizarlas: Guerra de los Seis Días, Guerra de los Siete Años, Guerra de los Treinta Años, Guerra de ¡los Cien Años!

El grito de “No a la Guerra” no es nuevo. Conocemos conflictos bélicos en los que, antes y durante, se alzaron voces, tanto individuales como colectivas, clamando (en el desierto, lamentablemente) para que no se diera el paso o para que se pusiera fin al conflicto, siempre apelando a la paz, a la dignidad, a la fraternidad, a la cordura, a la racionalidad o a la diplomacia. Vacuos deseos e infructuosos intentos, pues intereses políticos y de poder siempre se antepusieron al bienestar de las gentes de bien. Paradigmáticos son los ejemplos de la Primera Guerra Mundial, con aquél encomiable esfuerzo de la Internacional Socialista por unir a todos los obreros de las diferentes naciones -sin ellos, convertidos en carne de cañón, era inviable formar ejércitos y enfrentarse en el campo de batalla-; y de la guerra de Vietnam, con todas aquellas emblemáticas manifestaciones en los Estados Unidos. Y estoy seguro de que en otros muchos conflictos anteriores también se elevaron voces contrarias a la guerra y hubo intentos e iniciativas para detenerla. La Historia nos enseña que casi siempre fueron esfuerzos inútiles.

Pero en los últimos años el rechazo ha transmutado en eslogan político y en comodín para ganar unas elecciones. El “No a la Guerra” de Pedro Sánchez solo es una artimaña más para desviar la atención de toda la podredumbre que entrevera su gobierno y su partido. Todos aquellos que alaban la iniciativa han optado por cerrar los ojos a tanta corrupción y se encandilan con una proclama que, cualquier persona en su sano juicio solo puede compartir, pero que situándola en el contexto político actual y habida cuenta de la trayectoria manipuladora del caballero, se convierte en un acto de indignidad y falta de ética por utilizarse como un mero instrumento electoralista que solo pretende enfrentar a los votantes a una disyuntiva verdaderamente capciosa, perversa y mezquina.

NO A LA GUERRA debe ser un NO A LAS GUERRAS. Actualmente siguen vigentes varios conflictos bélicos de gran intesidad que han provocado decenas de miles de muertos, de desplazados, de crímenes, de destrucción: Ucrania, Sudán, Myanmar, Etiopía, Somalia, Yemen, Nigeria y Chad, Pakistán, El Sahel … Además está el riesgo de que en algunos lugares pueda desencadenarse una guerra en los próximos años: Taiwan, Mar de China meridional, región de Cachemira, Serbia-Kosovo.

No es admisible desplegar argumentos solo en el caso de la guerra contra Irán, o antes en el caso de Gaza, cuando esos argumentos deben ser los mismos en cualquier caso. No recuerdo que la invasión de Ucrania por el ejército ruso haya provocado, ni por asomo, reacciones tan histriónicas, tan contundentes o tan enérgicas,

  Y menos admisible aún que alguien se permita diseñar una estrategia política personalista y que diga que la actitud de Donald Trump, y la de su alter ego Benjamin Netanyahu, es un error. ¡Pues claro que es un error! La guerra, por definición, lo es, y no solo porque traiga consigo el aumento del precio de los combustibles y de la inflación, de la inseguridad o de la inestabilidad en las relaciones comerciales. ¿Es esta la razón por la que la guerra en Sudán o en Somalia no merece una pegatina o una chapita en la solapa? ¿Solo la identidad y el estatus  del agresor provoca reacciones de rechazo airadas y vehementes y, por contra, adhesiones y apoyos casi inquebrantables?

Ningún político tiene derecho a confeccionar una lista de ciudadanos en la que en un lado figuren los pacifistas, los solidarios, los empáticos y en el otro los violentos, los insolidarios y los inhumanos en función del voto depositado. Si alguien piensa que la mayoría de los ciudadanos vamos a ir a votar en unas elecciones municipales, autonómicas o generales pensando en la guerra de Irán, nos están tomando por imbéciles.

José María Lora Gabarain
José María Lora Gabarain
Funcionario en activo del Cuerpo de Gestión Procesal y Administrativa. Licenciado en Derecho y Diplomado en Relaciones Laborales.

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