Comprar o alquilar una plaza de garaje en Tenerife está dejando de ser una decisión doméstica para convertirse en una inversión —y, para muchos residentes, en un problema cotidiano—.
El encarecimiento sostenido de los últimos años, sumado a la escasez de oferta en zonas densas, está empujando al garaje hacia una categoría que antes se reservaba a otros activos inmobiliarios, un bien de lujo.
Mayor subida nacional
La señal más llamativa llega desde los datos agregados del mercado. Un estudio de Fotocasa, basado en su índice inmobiliario y en precios de diciembre de los últimos diez años, sitúa a Canarias como la comunidad con mayor subida del precio medio de los garajes en 2025: +20,4%, hasta 15.520 euros de media por plaza.
En un año en el que el promedio nacional sube con mucha más moderación (+1,7%), el salto canario destaca por magnitud y por continuidad: el informe habla de cinco incrementos anuales consecutivos a escala estatal, con Canarias liderando el repunte más fuerte del último ejercicio.
Ese dato regional no explica por sí solo lo que perciben los vecinos en Santa Cruz, La Laguna o áreas turísticas del sur, donde la presión por aparcar se traduce en precios que, en la práctica, se desenganchan de la lógica de “plaza accesoria”.
Basta mirar el escaparate de portales inmobiliarios: en Santa Cruz aparecen anuncios de plazas individuales o paquetes de plazas con importes que pueden subir a decenas de miles de euros, y en alquiler se publican precios que rondan con frecuencia los 90–140 euros al mes en zonas centrales, dependiendo de tamaño y accesos.
¿Por qué suben tanto?
La respuesta es una mezcla de oferta rígida y demanda creciente. En los núcleos consolidados, crear nuevas plazas es caro y lento: requiere obra, normativa, rampas, ventilación, contra-incendios y, en muchos edificios antiguos, directamente es imposible sin intervenciones profundas.
A la vez, la demanda no desaparece: se desplaza. Vivienda más cara, calles más saturadas, y un parque móvil que, aunque se quiera reducir, sigue siendo central para desplazarse en una isla con trayectos laborales dispersos.
A esa presión se suman factores urbanos recientes. Santa Cruz, por ejemplo, trabaja su Zona de Bajas Emisiones (ZBE) en el perímetro central, lo que introduce un nuevo elemento: el acceso y el estacionamiento pasan a ser parte del debate de movilidad y regulación.
En paralelo, el Ayuntamiento ha tenido que ir habilitando aparcamientos provisionales y nuevas bolsas para aliviar pérdidas de plazas vinculadas a obras; una medida que, por definición, muestra que el “suelo para aparcar” es escaso y compite con otros usos.
El resultado es un mercado donde la plaza de garaje cumple dos funciones a la vez: seguro de vida urbano (para quien necesita el coche a diario) y activo refugio (para quien busca rentabilidad estable). La segunda función alimenta la escalada: si se percibe que el garaje “siempre sube” y “siempre se alquila”, entran compradores no residentes, y el precio se recalienta.
Soluciones
No hay una bala de plata, pero sí un paquete razonable. Primero, políticas de aparcamientos disuasorios bien conectados (guagua, tranvía, lanzaderas) para reducir la dependencia del centro.
Segundo, una estrategia de rotación y residentes con información pública y control efectivo (no solo pintura y señales).
Tercero, en obra nueva y rehabilitación, incentivar —o exigir donde sea viable— dotaciones de aparcamiento y preinstalación de carga que eviten trasladar el problema a la calle.
Por último, transparencia: sin estadísticas locales periódicas de precios y disponibilidad, el debate se llena de anécdotas.
En la isla parece que el garaje se está convirtiendo en un filtro social. Quien puede pagarlo compra tranquilidad; quien no, pierde tiempo, accesibilidad y, a menudo, calidad de vida. El lujo aquí no es el coche, es el espacio para guardarlo.







