A primera vista, el nombre invita a la imaginación. En la costa de Arona, Las Galletas suena a despensa marinera, a naufragio con final dulce o a playa sembrada de bizcochos de barco.
La tentación de la leyenda es comprensible. Sin embargo, cuando se rasca bajo la superficie, el origen del topónimo resulta mucho menos culinario y bastante más coherente con la historia lingüística del Archipiélago.
La Academia Canaria de la Lengua (ACL) es clara en un punto esencial: no existe un documento definitivo que cierre el debate sobre el origen del nombre. Pero también lo es al señalar que algunas hipótesis son mucho más sólidas que otras, y que la explicación más plausible no pasa por la repostería ni por los naufragios, sino por la geografía… y por Portugal.
Una cala antes que una galleta
La teoría con mayor respaldo académico sitúa el origen del nombre en el portugués calheta, un término que designa una pequeña cala o ensenada resguardada. La descripción encaja perfectamente con el lugar: una bahía recortada, protegida del oleaje y funcional durante siglos como punto de desembarco y actividad pesquera.
Desde el punto de vista lingüístico, la evolución es verosímil. Calheta pudo adaptarse al castellano como galleta mediante procesos habituales en los préstamos: la sonorización de la consonante inicial y la transformación del sonido palatal portugués en la doble ele española.
El paso final —Las Galletas— responde a un patrón muy común en la toponimia canaria, donde abundan nombres con artículo en plural.
No es una excepción: Las Caletillas, Las Chafiras, Los Cristianos o Los Abrigos forman parte del mismo sistema de denominación descriptiva del territorio.
Un nombre ya viejo en tiempos de la conquista
Uno de los argumentos más contundentes contra las explicaciones legendarias es la antigüedad documentada del topónimo.
Los repartimientos de tierras tras la conquista de Tenerife —escrituras notariales fundamentales para reconstruir la geografía histórica de la isla— ya mencionan Las Galletas en el primer tercio del siglo XVI.
En documentos fechados en 1516 y 1522 aparecen referencias a tierras “a dar a Las Galletas” y al “barranco de Las Galletas”. Es decir, el nombre estaba plenamente asentado apenas dos décadas después de la conquista, lo que descarta que se trate de un apodo moderno o de una invención turística posterior.
Las leyendas que no cuadran
La tradición oral ha hecho su parte. La historia del barco cargado de galletas marineras que habría encallado en la costa es atractiva, pero carece por completo de respaldo documental. Ningún cronista, protocolo notarial ni fuente histórica menciona tal suceso.
Tampoco convence la explicación puramente culinaria, pese a que la “galleta de barco” era un alimento habitual en la navegación atlántica. La coincidencia léxica, por sí sola, no justifica un topónimo cuando existe una alternativa geográfica y lingüística mucho mejor fundamentada.
Más débil aún resulta la hipótesis francesa (galette), tanto por la escasa presencia gala en la Tenerife del siglo XVI como por la ausencia total de pruebas textuales. La propia ACL la descarta por falta de base académica.
Un pueblo con nombre y con historia
Hoy, Las Galletas conserva su carácter de núcleo marinero integrado en el tejido urbano del sur de Tenerife. Su playa de callaos y arena volcánica, el muelle tradicional y la lonja conviven con Marina del Sur–Las Galletas, un puerto deportivo y pesquero que articula buena parte de la actividad económica y turística de la zona.
Puerta de acceso al mar, base para el buceo y las excursiones náuticas, y vecina del Malpaís de La Rasca, Las Galletas es un ejemplo de cómo un nombre aparentemente trivial encierra capas de historia, lengua y paisaje.
Al final, puede que no haya galletas que llevarse a la boca, pero sí una certeza: el topónimo habla menos de naufragios y más de calas, menos de leyendas y más de la profunda huella portuguesa en la historia canaria.







