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domingo, 22 febrero,2026

La caída de Nicolás Maduro en Venezuela agrava el colapso energético y económico de Cuba

Cuba atraviesa este mes de febrero de 2026 por una de las etapas más críticas de su historia reciente, marcada por un escenario de desabastecimiento generalizado y una crisis energética que se ha agudizado tras el cambio de régimen en Venezuela. La salida del poder de Nicolás Maduro ha supuesto el fin definitivo del suministro de crudo subvencionado que sostenía el precario sistema eléctrico de la isla, provocando apagones que en muchas provincias superan ya las 18 horas diarias y paralizan la escasa actividad industrial restante.

La situación económica se refleja en un déficit fiscal que el Gobierno cubano no logra contener, alimentado por una inflación que ha dejado el peso cubano sin valor real frente a una dolarización parcial de la economía. Los mercados estatales presentan estanterías vacías y el sector privado, representado por las pequeñas y medianas empresas conocidas como mipymes, es el único que logra importar productos básicos, aunque a precios inalcanzables para la mayoría de la población cuyo salario medio no supera los 20 euros al cambio informal. Esta asfixia financiera ha disparado la migración masiva, con cifras récord de ciudadanos que abandonan el país a través de Nicaragua o mediante precarias embarcaciones hacia Florida.

A la pérdida del aliado estratégico venezolano se suma el endurecimiento de la política exterior de Estados Unidos. La administración de Donald Trump ha reactivado con rigor la inclusión de Cuba en la lista de estados patrocinadores del terrorismo y ha reforzado las sanciones financieras, dificultando cualquier transacción internacional y ahuyentando la inversión extranjera. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel ha reconocido dificultades extremas para adquirir combustible en el mercado internacional, ya que los proveedores exigen pagos al contado que el Banco Central de Cuba no puede afrontar por la falta de divisas.

La caída de la producción agrícola interna y el deterioro de las centrales termoeléctricas, muchas de ellas con más de cuarenta años de explotación, completan un cuadro de parálisis nacional. Mientras las autoridades de La Habana apelan a la resistencia creativa, el malestar social crece en las calles debido a la falta de servicios básicos y medicamentos. Sin el oxígeno petrolero de Caracas y bajo la presión constante de Washington, la isla se enfrenta a un desafío de supervivencia institucional en un entorno geopolítico que le es cada vez más hostil.

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LECTOR AL HABLA