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sábado, 28 febrero,2026

Ismael Francisco Sánchez: “La pintura humaniza a la sociedad; sin arte no queda legado”

Entre el rigor técnico de los grandes maestros y la presión de representar a todo un pueblo en una sola imagen, Ismael Francisco Sánchez habla con franqueza sobre su vocación, sus referentes, el lugar del arte en una sociedad acelerada y el reto de pintar para una tradición viva como la Semana Santa lagunera.

En esta conversación, el pintor palmero —afincado y trabajando en Tenerife— reflexiona también sobre la precariedad del mercado artístico en Canarias, el impacto de la IA en la cartelería y su propia definición de lo que, para él, merece llamarse “arte”.

P. Ismael, antes de empezar: ¿quién eres y cómo se vive en este “mundo maldito” de la cultura?

R. Mi historia empieza con un flechazo. Estaba frente a cuadros como El Jardín de las Delicias del Bosco, El Cristo de San Juan de Velázquez… y uno en concreto, en esa misma sala, me llamó poderosamente la atención: pensé que era una fotografía, no un dibujo. Y como cualquier niño, me puse a copiarlo. Me gustó tanto que hasta los once años dibujé únicamente eso. Sin querer, acabas aprendiendo geometría, anatomía, oscuro, composición… Cuando entendí que no era una foto sino un lienzo, dije: “yo quiero hacer esto”. Y ahí empezó todo.

P. Eres palmero. ¿Cómo se construye una carrera desde Canarias?

R. Yo era consciente de que me tenía que ir. Lo llamo la “estrategia Manrique”. Por amor a las islas, creo que todo pintor debe experimentar salir. También por trayectoria personal, pero es que el mercado artístico donde se mueve todo está afuera. Aquí hay otros intereses, otras empresas, otros negocios.

P. Si hablamos de inspiración y referentes: ¿a quién pondrías en tu “top”?

R. Mi top es Juan de Miranda. Me parece de los últimos autores realmente clásicos de la escuela de San Fernando que pintaba bien en Canarias. Y ya en lo moderno-contemporáneo, a quienes he conocido: Pepe Dámaso y Luis Morera. Y, por supuesto, Manrique… pero más como filosofía conceptual que como pintor.

P. ¿Qué destacarías de Manrique?

R. La actitud. Tenía mentalidad empresarial y supo sacar rendimiento de una sociedad para impulsarla. Independientemente de su ideología, amaba lo que hacía y se guiaba por eso.

P. En un mundo tan digital y tan dominado por lo inmediato… ¿tiene sentido todavía la pintura?

R. No tiene por qué ser “clásica”. La problemática es la inconsciencia de la sociedad. Si eres consciente de que hay fotógrafos, diseñadores, pintores… con estudios y calidad profesional, y decides prescindir de eso usando IA, al final le quitas trabajo a alguien. Hoy mucha cartelería se centra muchísimo en recursos de IA. Y luego buscas a un pintor y te dice: “sí, entiendo que el cartel cuesta dinero, pero es que no me llaman”. Un pintor siempre va a trabajar mejor que una IA porque tiene un humano detrás.

P. ¿Crees que el arte sigue cumpliendo una función social o política?

R. El arte existe para que funcione todo lo demás. Si no hay arte, lo que queda de una sociedad cuando ya no está —además de la historia— es el legado. Y el registro histórico fue la pintura durante siglos. Pero también habla de nosotros como seres sentimentales: es una forma de retratar el alma. Con códigos abstractos te lanzo un mensaje y tú lo interpretas. Soy capaz de hacerte sentir mi forma de amar mediante un cuadro si escojo bien los códigos.

P. Entonces, cuando alguien mira un cuadro tuyo… ¿qué esperas que ocurra?

R. Que conecte con la idea que quise plasmar. Si no consigo eso, mi cuadro es un fracaso.

P. En tu discurso hay una frontera clara: “pintor” no es lo mismo que “artista”.

R. Exacto. Mucha gente piensa que hacer un cuadro es fácil. Pero hay que entender la diferencia. Yo no me considero artista; mi pretensión es serlo algún día. Y en un cartel, además, tienes una responsabilidad: usar códigos genéricos que la gente entienda y reflejar fielmente la cosmovisión de un pueblo. Si haces una mala interpretación de un sentir, puedes insultar a una institución o a una comunidad. Es presión, plazo, técnica y pulcritud.

P. Has mencionado incluso que no consideras a Pollock arte. ¿Por qué?

R. Para que algo sea arte debe cumplir cuatro pilares: denotar maestría, ser original, ser un objeto de estudio y no necesitar un sustento filosófico para determinar su naturaleza. Tirar pintura —dripping— no es maestría: eso lo puede hacer cualquiera.

P. Hablemos de La Palma: ¿pintaste el volcán?

R. Sí. El primer cuadro del volcán fue mío y pude sacarle rendimiento. Hice una serie de litografías y colaboré con la Orden de Malta para distribuirla y destinar beneficios a afectados. Se ayudó algo, no tanto como me hubiera gustado, pero se pudo ayudar. Y a partir de ahí empecé a producir ya en Tenerife.

P. Cuando planteas un nuevo cuadro, ¿partes de una idea clara o te dejas llevar?

R. Si quisiera ensalzarme te vendería lo de la musa… pero no. Me duermo, me despierto y tengo la idea. O sale en una servilleta en una cafetería. O un amigo te dice “piensa en esto”. Es como resolver un problema: tienes los conocimientos, y aplicas.

P. ¿Cómo afrontas un encargo tan simbólico como el cartel oficial de la Semana Santa de La Laguna?

R. Entendía que los antiguos pintores retrataban pasos concretos. Yo hice una alegoría genérica: cogí la gran mayoría de elementos —a excepción de tres— y los encajé en un cuadro. Además quise simbolizar el sentir de La Laguna. Por eso hay elementos que juntos forman otra obra: el cuadro tiene “tres cuadros”. Composición axial dividida en tres partes.

P. ¿Y el color? ¿Cada ciudad tiene el suyo?

R. Por supuesto. Breña Alta no es Santa Cruz, Santa Cruz no es La Laguna, La Laguna no es Las Palmas. Canarias es una sociedad muy rica culturalmente.

P. Has hecho de todo —albañil, ciclista, boxeador— y aun así todo vuelve a la pintura.

R. Sí. La pintura es una extensión de mí. Y me da pánico llegar a viejo y no poder responder si estoy satisfecho. Creo que la vida es la respuesta a la incógnita de para qué estamos aquí: para hacer cosas, experimentar. Reír, tocar instrumentos, hacer amigos, vivir.

P. Te hago una pregunta casi de examen: ¿qué es el arte para ti, resumido?

R. Maestría, originalidad, que sea objeto de estudio y que no necesite una explicación filosófica para sostenerse. El cuadro debe hablar por ti, no tú por el cuadro.

P. Y si te pregunto por “el mejor cuadro de la historia”…

R. Las Meninas. Composición áurea, perspectiva aérea, casi se respira. Y además incluye crítica social: retrata a bufones y personas con discapacidades junto a la familia real. Es objeto de estudio, maestría, originalidad… y no necesita justificación.

P. Para cerrar: ¿qué hace falta en Canarias para desarrollarse culturalmente?

R. Examen de conciencia como sociedad. Nos atacamos a nosotros mismos, y además hay “cortinas de humo” que evitan problemáticas reales. Y hay otra cosa: la identidad. Ser canario no es solo nacer aquí: es experimentar la canariedad, el folclore, la cultura, los museos, la gente, los lugares. Si somos conscientes de lo que tenemos, lo valoramos. Ahora no lo estamos haciendo.

P. ¿Y en diez años? ¿Cuál es tu objetivo?

R. Uno muy concreto: los aranceles. No podemos participar en concursos en Península porque exportar un cuadro cuesta casi lo mismo que un primer premio. Sin visibilidad no hay mercado. Si tuviera voz, cambiaría eso. Y lo segundo: si queremos cambiar el panorama, alguien tiene que salir, ganar relevancia y traerla de vuelta. Manrique lo consiguió.

La conversación con Ismael Francisco Sánchez deja una idea central: en su pintura —y en su visión del oficio— no hay romanticismo de escaparate. Hay disciplina, códigos, responsabilidad pública y una defensa combativa del trabajo humano frente a la automatización cultural.

Entre referencias clásicas, críticas al presente y un orgullo canario no folclórico sino vivido, el pintor palmero se mueve con una brújula clara: la técnica como base, el sentido como meta y la vida como materia prima.

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