El primer ministro británico, Keir Starmer, ha iniciado conversaciones con sus aliados europeos para evaluar un posible despliegue militar en Groenlandia. Esta iniciativa, que se desarrollaría bajo el paraguas de la OTAN, surge como una respuesta estratégica para reforzar la seguridad en una región cada vez más codiciada y, al mismo tiempo, para tratar de calmar las ambiciones anexionistas expresadas desde Washington.
La propuesta, adelantada por fuentes diplomáticas y militares, contempla desde ejercicios militares temporales y cooperación en inteligencia hasta un despliegue permanente de tropas, buques y aeronaves. En las reuniones celebradas recientemente en Bruselas, representantes de Reino Unido, Alemania y Francia han comenzado a perfilar lo que sería una misión destinada a disuadir la creciente presencia de Rusia y China en el Alto Norte, una preocupación que Starmer asegura tomarse con extrema seriedad.
Este movimiento militar es una crisis diplomática sin precedentes dentro de la Alianza Atlántica. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha intensificado su retórica sobre la isla, afirmando que su país hará algo con Groenlandia y que el proceso se llevará a cabo por las buenas o por las malas. El mandatario estadounidense justifica su postura en razones de seguridad nacional, argumentando que la actual soberanía danesa no garantiza la protección frente a potencias extranjeras y que los arrendamientos no se defienden igual que las propiedades.
Desde Dinamarca, la reacción ha sido de una firmeza absoluta. La primera ministra, Mette Frederiksen, ha advertido de que cualquier intento de tomar el territorio por la fuerza supondría el fin de la OTAN tal como la conocemos. Para el gobierno danés y las autoridades autónomas de la isla, el futuro de Groenlandia solo puede ser decidido por sus propios ciudadanos y el Reino de Dinamarca, amparados por el derecho internacional.
Los aliados europeos confían en que un aumento del gasto y de la presencia militar continental en el Ártico demuestre a la Casa Blanca que Europa está dispuesta a asumir el peso de la seguridad regional. Con este despliegue, Starmer y sus socios buscan una vía intermedia: fortalecer la defensa colectiva frente a Moscú y Pekín, al tiempo que se intenta disuadir a Washington de una acción unilateral que rompería el equilibrio de la alianza más importante de Occidente.







