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Cajasiete
sábado, 17 enero,2026

El regreso del bombero

Cuando la legislatura huele a pólvora, Sánchez rescata a Zapatero. La vuelta del expresidente a escena revela mucho más que una simple maniobra táctica: habla de debilidad, de dependencia y de un país que vuelve una y otra vez a los mismos rostros cuando no hay un proyecto sólido.

España vuelve a estar en modo “tensión de fin de semana”. Cuando la aritmética parlamentaria se afloja, la Moncloa saca a pasear figuras con pasado, como si la política fuera un cajón de sastre de viejas soluciones para nuevos problemas. La activación de José Luis Rodríguez Zapatero como mediador improvisado frente al órdago de Junts no es un gesto menor: es un síntoma.

Un síntoma de que el Gobierno ha dejado de tener margen político real. De que los equilibrios sobre los que se sostiene la legislatura son tan frágiles que un simple amago de ruptura en Perpiñán puede ponerlo todo patas arriba. Y de que, más que construir una mayoría estable, se trata de ir apagando incendios con cubos prestados.

Junts lo sabe. Sabe que cada amenaza, cada gesto y cada insinuación tienen efecto multiplicador. Lo explotan con precisión quirúrgica. Sánchez, por su parte, responde con un manual ya conocido: activar a una figura de autoridad moral dentro del socialismo, que pueda moverse con libertad sin comprometer oficialmente al Gobierno. Zapatero, en este papel de “bombero político”, es el rostro amable de un Ejecutivo que, tras bastidores, corre para que nada estalle antes del 17 de noviembre.

El fondo de la cuestión va más allá del independentismo. Tiene que ver con la falta de una estrategia política sólida y sostenida en el tiempo. Con un Ejecutivo que improvisa interlocutores según el incendio del día y que hace depender su supervivencia de actores externos que no tienen interés alguno en su estabilidad.

Lo que se juega en estos días no es sólo una negociación puntual, sino el equilibrio de toda la legislatura. Y esa no debería ser una partida de póker entre un Gobierno que ya no tiene cartas y un socio que juega con faroles que todos saben que son reales.

Mientras tanto, el país observa —con resignación más que con sorpresa— cómo regresan siempre los mismos protagonistas. Zapatero, Junts, Sánchez. Un bucle perfectamente previsible en el que la política deja de ser proyecto para convertirse en estrategia de supervivencia.

La conclusión es clara: cuando la gobernabilidad depende de la nostalgia y no de la convicción, no estamos ante un acuerdo de Estado. Estamos ante un parche. Uno más.

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