Las civilizaciones caen cuando más se confían. Roma se fue deshaciendo mientras seguía cobrando impuestos, dejaba de reparar calzadas y celebraban circos con normalidad. España -y con ella Canarias- empieza a parecerse mucho a esa fase tardía del imperio, todo sigue en pie, pero cada vez más hueco.
El paralelismo no es literal, pero sí advertencia. Cuando un Estado renuncia a gestionar de forma firme la integración, la cohesión y el respeto a un marco común de valores, lo que se produce no es diversidad, sino fragmentación. Hoy en España observamos cómo determinados barrios, costumbres y espacios públicos dejan de reconocerse a sí mismos; no por convivencia, sino por sustitución progresiva, con la tolerancia -cuando no el estímulo- del poder político. No es un juicio moral sobre quienes llegan, sino una crítica severa a quienes gobiernan sin proyecto de integración ni defensa cultural. Ninguna nación desaparece de golpe; se diluye cuando abdica de sí misma.
Roma tuvo emperadores débiles rodeados de cortes cada vez más caras y desconectadas de la realidad provincial. España no tiene emperador, pero sí una política encerrada en su propia burbuja: debates autorreferenciales, luchas internas, gestos simbólicos y una obsesión patológica por la supervivencia inmediata, quedarse en el gobierno a cualquier precio.
Cuando la política deja de pensar en décadas y solo calcula semanas, el sistema entra en fase terminal. Roma no cayó por una invasión externa; cayó porque ya no tenía fuerza interna para resistirla. El peligro nunca viene de fuera cuando el problema está dentro.
Roma tuvo margen para reformarse. Lo tuvo. Pero cada reforma se pospuso porque era impopular, costosa o políticamente arriesgada. España está en ese mismo punto histórico: todavía hay tiempo, pero ya no sobra. Cada ejercicio presupuestario sin reformas estructurales reduce el margen de maniobra, igual que cada devaluación romana debilitaba el denario hasta convertirlo en una sombra de sí mismo.
El error es creer que el colapso es un evento. No lo es. Es un proceso administrativo, lento, aburrido y letal. Llega cuando ya nadie recuerda cómo funcionaba bien el sistema original. ¿tú lo recuerdas?
Roma no murió de un infarto, murió de desgaste. De aplazar decisiones, de sustituir estructura por propaganda, de confundir estabilidad con permanencia.
Desde las islas, esta decadencia se percibe más tarde, aunque lo síntomas son brutales. Quizá porque aquí los límites físicos existen. El territorio no se puede estirar y eso que el Teide avisa con explotar, también está harto y cansado de tanto embuste y jiro de cabeza para no ver la realidad. La vivienda no se multiplica por decreto y la convivencia no se improvisa sin consecuencias. Canarias es un laboratorio adelantado de lo que ocurre cuando un sistema se tensiona sin planificación.
En la Roma tardía, las infraestructuras seguían funcionando, pero nadie invertía en renovarlas. Los acueductos no se caían, se agrietaban. Las legiones no desaparecían, se externalizaban. El Estado seguía existiendo, pero había dejado de sostener el cuerpo social que lo justificaba. Los trabajadores, las empresas, los autónomos.
¿Os suena? carreteras saturadas, servicios públicos al límite, sanidad tensionada, educación que no educa y una economía dependiente casi en exclusiva del turismo y del gasto público. Todo funciona… hasta que deja de hacerlo. Y cuando eso pasa en un territorio fragmentado y ultraperiférico, el margen de reacción es mínimo, porque no tiene.
Lo que está pasando en Canarias o en España, es similar a lo que pasó en mi país – me dice Oswaldo- este mejicano afincado en Madrid, ha pasado unos días en Tenerife con eso de Carnavales. Y me contó que es lo que ocurrió con la historia de Texas -o Tejas, no se-
La historia de Texas es una advertencia que rara vez se explica con honestidad. Aquel territorio permitió la entrada masiva de colonos estadounidenses bajo una lógica económica y de poblamiento. No llegaron como invasores, sino como residentes. Con el tiempo, fueron mayoría demográfica, después cultural y finalmente política. El resultado fue inevitable: Texas dejó de ser lo que era sin que mediara una gran batalla fundacional. Esto no es Texas, pero el mecanismo se parece demasiado – me dice Oswaldo- Aquí no se está produciendo una integración ordenada, sino una sustitución progresiva en determinados espacios.
En Madrid y Barcelona hay barrios donde el idioma común ya no es el español; costumbres que desaparecen; normas sociales que se diluyen; comunidades que conviven sin mezclarse. No por rechazo, sino por abandono institucional. El problema no es quién llega, sino que el poder político haya renunciado a exigir integración, respeto y marco común. Cuando un gobierno permite que la identidad, las costumbres y la convivencia se fragmenten por miedo a incomodar, el territorio deja de gobernarse y empieza a administrarse como un tránsito de poder.
Y volvamos a Roma, que creyó que podía comprar estabilidad con subsidios. Canarias vive hoy bajo una lógica similar: ayudas, subvenciones, parches y políticas cortoplacistas que mantienen la paz social, pero no construyen futuro. Se reparte lo que no se genera, se gestiona lo que no se planifica y se promete lo que no se puede sostener. ¡qué barbaridad! Cualquier persona con conocimientos básicos se da cuenta de lo que está ocurriendo.
El resultado es una clase media insular exhausta, jóvenes expulsados del mercado de la vivienda, barrios que comienzan a tensionarse y una sensación creciente de pérdida de control sobre el propio territorio.
Roma cayó cuando su élite dejó de comprender las provincias. España le pasa lo mismo y con Canarias dentro y participando de lo que está por llegar y además sufriendo decisiones tomadas lejos, políticas uniformes para realidades distintas y una desconexión creciente entre gobernantes y gobernados. Aquí los efectos no se notan en abstracto: se notan en colas, en alquileres imposibles, en barrios que comienzan a ser irreconocibles y en servicios colapsados, por dejación.
Roma no murió de un golpe. Se dejó morir. Texas no se perdió en una noche. Se transformó sin resistencia. Canarias corre el riesgo de seguir ese mismo camino si se continúa confundiendo hospitalidad con ausencia de límites y diversidad con disolución cultural.
No habrá un día concreto para señalar el final. Solo llegará un momento en que miremos alrededor y ya no reconozcamos el lugar donde crecimos. Y entonces será tarde para lamentarse, porque los colapsos modernos no hacen ruido: se normalizan. Todo se normaliza y al final nunca pasa nada.
No habrá saqueo del Senado ni bárbaros a las puertas. Habrá algo peor: normalización del deterioro. Y cuando eso ocurre, el imperio ya ha terminado, aunque siga figurando en los mapas. Y no pasa nada.








Excelente artículo, sin duda articulado y preciso sobre la realidad actual. No le veo pesimismo sino realismo.
Felicidades.
Juan Trujillo
no se puede explicar mejor, pues lo que ha hecho es describir excelentemente la situación y el futuro que nos espera si no se reacciona , y como bien dice, estamos a tiempo pero no sobra.
y me atrevo a decir que no solamente es Canarias y España, es Europa entera metida en el mismo paquete.
Auge, Gloria, Explendor y caída del Imperio Romano.
Los historiadores hablan ya de lo mismo respeto a Europa
De lo mejor, no solo de lo que has escrito, sino de lo que leído en bastante tiempo. En un momento en que absolutamente todo se tamiza ideológicamente, hacen falta reflexiones de este calibre, sosegadas, sin erudición, sin dogmatismos y tan descriptivas de la realidad, pero sin que contengan juicios de valor efectuados desde las barricadas, poniendo cordura y equilibrio, y proscribir así la necedad y la inmundicia intelectual que está corroyendo los cimientos de nuestra sociedad. Así que, como dijo Cicerón: “no hay deber más necesario que el de dar las gracias”, y yo te las doy, Amigo. ¡Enhorabuena!