Canarias continúa inmersa en su particular invierno demográfico y se desmarca de la ligera recuperación experimentada a nivel nacional.
Los datos provisionales del Instituto Nacional de Estadística confirman que en 2025 nacieron en el Archipiélago 11.672 bebés, un 0,23 % menos que el año anterior. En contraste, el conjunto de España registró 321.164 nacimientos, un incremento del 1 % que supone el primer repunte tras diez años consecutivos de descensos.
La diferencia no es meramente coyuntural. Canarias arrastra desde hace más de una década una tendencia de caída sostenida de la natalidad que la sitúa en cifras históricamente bajas.
Además, el saldo vegetativo —la diferencia entre nacimientos y defunciones— sigue siendo negativo. Las muertes superan ampliamente a los alumbramientos, profundizando un desequilibrio que tiene implicaciones económicas, sociales y territoriales.
Un problema estructural
Canarias, como el resto de España, ha experimentado un progresivo envejecimiento de su población. El peso de los mayores de 65 años aumenta, mientras que la base de población en edad fértil se reduce. Esta composición limita, por pura demografía, el número potencial de nacimientos.
A ello se suma el retraso en la edad media de maternidad, una tendencia general en Europa. La postergación de la maternidad reduce la ventana fértil y, en muchos casos, limita el número final de hijos por mujer. En territorios con menor proporción de jóvenes, como ocurre en algunas islas, este efecto se amplifica.
Una hipótesis relevante tiene que ver con la estructura económica del Archipiélago. Canarias depende en gran medida del turismo y los servicios asociados, sectores donde la temporalidad y la precariedad laboral son frecuentes. La inestabilidad en el empleo, junto con salarios moderados en comparación con el coste de vida, retrasa cuando no disuade la decisión de formar una familia.
El acceso a la vivienda constituye otro factor determinante. El aumento de los precios, especialmente en zonas tensionadas por la presión turística y residencial, eleva el umbral económico necesario para independizarse o ampliar la familia. En contextos de incertidumbre económica, la natalidad suele resentirse.
Migración y natalidad
Aunque Canarias ha experimentado crecimiento poblacional en los últimos años debido a la llegada de residentes procedentes de otras comunidades y del extranjero, ese flujo no se ha traducido en un incremento sostenido de los nacimientos.
La migración puede rejuvenecer parcialmente la pirámide poblacional, pero no siempre implica proyectos familiares a corto plazo.
En algunos casos, los movimientos migratorios responden a oportunidades laborales temporales o a dinámicas económicas que no se consolidan en arraigo familiar inmediato.
Otra variable a considerar es el impacto de las políticas de apoyo a la natalidad y la conciliación. La disponibilidad de plazas de educación infantil, ayudas económicas directas, permisos parentales y facilidades para compatibilizar trabajo y familia influyen en la decisión reproductiva.
Si bien estas políticas se enmarcan en competencias estatales y autonómicas, su efectividad puede variar según la implementación territorial y el acceso real a los recursos.
Un desafío a medio y largo plazo
El contraste entre el leve repunte nacional y la continuidad del descenso en Canarias subraya que el problema en el Archipiélago tiene un componente estructural más acusado. La persistencia del saldo vegetativo negativo anticipa desafíos para la sostenibilidad del sistema de pensiones, la planificación educativa y sanitaria y el equilibrio territorial entre islas.
Revertir la tendencia no depende de un único factor. Requiere abordar simultáneamente el acceso a la vivienda, la estabilidad laboral, la conciliación y el apoyo directo a las familias jóvenes. Sin cambios estructurales en estas áreas, Canarias podría consolidar un escenario demográfico de bajo crecimiento natural que condicionará su desarrollo en las próximas décadas.







