martes, 6 octubre,2026

Protesta y normalización

Las últimas protestas contra el Gobierno han vuelto a poner sobre la mesa una cuestión tan antigua como la propia política: ¿qué es exactamente una protesta? La pregunta parece sencilla, pero no lo es. Porque detrás de cada manifestación hay algo más que una discrepancia con quien gobierna. Hay una interrupción. Una suspensión momentánea de la normalidad. Una negativa a seguir ocupando el lugar que el poder reserva para los gobernados. Toda autoridad, incluso la democrática, necesita una cierta dosis de silencio. No un silencio impuesto, sino ese acuerdo tácito por el que millones de personas aceptan que otros decidan en su nombre. La vida cotidiana funciona gracias a esa delegación permanente. Trabajamos, consumimos, nos desplazamos, cumplimos normas y confiamos en que los mecanismos institucionales resuelvan los conflictos. La política queda lejos, en parlamentos, ministerios y despachos. La protesta rompe precisamente esa distancia.

Cuando una multitud se concentra en una plaza o recorre una avenida, el ciudadano deja durante unas horas de ser un individuo aislado y se convierte en presencia colectiva. Ya no habla mediante representantes, encuestas o votos depositados cada cuatro años. Habla directamente, con su cuerpo, con su voz, con su mera ocupación del espacio público. Las manifestaciones producen siempre incomodidad. Molestan porque alteran el orden habitual. Interrumpen el tráfico, introducen ruido donde se esperaba tranquilidad y visibilizan un conflicto que muchos preferirían considerar resuelto. Una protesta es, por definición, una negación temporal de la normalidad. Hablamos de la protesta en estado puro, no de excursiones colectivas que vemos de vez en cuanto promovida por colectivos evidentemente aburridos de la vida social y adoctrinados. Hablamos de lo que significa en filosofía política una protesta, una manifestación en la calle y reconocemos que la ruptura no es únicamente física o urbana. Altera algo tan aparentemente sólido como nuestra idea de lo que piensa la sociedad. Allí donde parecía existir una imagen más o menos estable del consenso social, aparece de repente una multitud que obliga a reconsiderarla, altera nuestras certezas sobre quién habla en nombre de la sociedad. Mientras los ciudadanos permanecen dispersos, la opinión pública parece residir en las encuestas, los análisis o los relatos que circulan por los medios. ¿Pero es antes o después de la protesta?  ¿estamos contemplando una simple protesta o estamos asistiendo a la aparición visible de una determinada opinión pública?

Por eso incomodamos un poco esta semana a Michel Foucault, y los conceptos expresado en Teoría de la Normalización. Foucault, nos permite observar este fenómeno desde otro ángulo junto a los mecanismos mediante los cuales una sociedad decide qué discursos son legítimos y cuáles no. De hecho, solemos imaginar el poder como algo que desciende desde las instituciones hacia los ciudadanos, pero él insistía en que el poder también se ejerce mediante mecanismos mucho más sutiles: hábitos, discursos, consensos y formas de normalidad que terminamos interiorizando sin apenas advertirlo. Una manifestación resulta perturbadora porque cuestiona también el reparto de los papeles sociales. Quienes salen a la calle abandonan temporalmente la posición que se espera de ellos, la del gobernado discreto que delega, acepta y continúa con su rutina. La resistencia aparece allí donde el poder esperaba conformidad. En la errónea ilusione de que la sociedad sana sea la que no conoce manifestaciones en la calle. Quizá por eso cada generación parece sorprendida cuando aparecen manifestaciones relevantes. Como si la ciudadanía tuviera el deber de expresarse únicamente dentro de los cauces previamente establecidos. Como si votar fuese suficiente y todo lo demás resultara sospechoso. Vemos normal, e incluso con algo de envidia, la disposición de los franceses a protestar con convicción cuando consideran que las decisiones gubernamentales no están alineadas con las necesidades del pueblo. Y, de hecho, nada hay de sospechoso en ello. Todo encaja perfectamente con lo que cuenta la historia: los grandes avances políticos rara vez nacieron de una obediencia ejemplar. Surgieron cuando grupos de ciudadanos decidieron que las instituciones ya no bastaban para expresar una preocupación, una injusticia o un desacuerdo.

Y aquí la otra cuestión fundamental: la opinión pública, ¿quién tiene autoridad para definir la verdad social? Pregunta Foucault. En ese contexto, cuando una protesta es descalificada porque supuestamente no representa a la opinión pública, conviene detenerse un instante y preguntarse: ¿quién decide qué es exactamente la opinión pública? ¿Y si la protesta representa una minoría es opinión pública?; ¿La opinión pública existe antes de la manifestación o es la manifestación uno de los momentos en que una sociedad descubre lo que piensa realmente?; ¿en qué momento nace esa opinión pública? Estamos acostumbrados a pensar que primero existe una opinión colectiva y después llega la protesta. Sin embargo, es posible que en ocasiones ocurra lo contrario: que la manifestación no sea la consecuencia de una opinión pública plenamente formada, sino uno de los procesos mediante los cuales esa opinión toma conciencia de sí misma y adquiere presencia política. Cuanto la suma de varios minoría sale conjuntamente y pide por ejemplo un cambio de gobierno. La plaza, hay que admitirlo, sigue conservando una potencia simbólica que ninguna tecnología ha conseguido sustituir. Las redes amplifican mensajes, pero no reemplazan esa experiencia elemental de la presencia física compartida. Ocupando un espacio común, los individuos descubren que no están solos en su desacuerdo y hacen visible una realidad que, hasta ese momento, permanecía dispersa:  gobernar nunca equivale a poseer la sociedad. Por lo tanto, teoría de la normalización: ¿quien lidera el espacio político después de una manifestación?

Giovanna Lenti
Giovanna Lenti
Se graduó en filosofía en la Universidad de Estudios de Siena con una tesis sobre "Carl Schmitt, la guerra, el enemigo, el derecho internacional", nombrada doctora en historia de la filosofía política tiene artículos publicados en la revista italiana de psicología e historia militar sobre el dualismo amigo/enemigo y la guerra justa. Desde 2015 colabora con la Fundación de Historia de la Ciencia de La Orotava en Tenerife, publicando para la fundación ensayos sobre Aristóteles, Carl Schmitt, Pablo de Tarso, Ortega y Gasset y Cristóbal Colón. En lengua italiana ha publicado para Aracne "Pablo de Tarso: el origen político del cristianismo" y varios artículos para OIKOS sobre el nacionalismo catalán y los vientos patrióticos europeos. desde el 2020 colaboradora del periódico italiano Leggo Tenerife, desde 2021 es colaboradora fija y comentarista del programa radiofónico de actualidad política "La tertulia de los miércoles" en Tenerife; ha publicado en el 2023 para La Bussola, Destino político in Machiavelli e Ortega y Gasset.
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