En los últimos años, meses, la expresión “sentido común” se ha convertido en un recurso habitual en discurso políticos, análisis mediáticos y conversaciones públicas. Se pronuncia como si fuera una evidencia compartida, una base solida que todo reconocemos y que, por tanto, puede servir de criterio para decidir, juzgar o actuar. Pero la filosofía invita a desconfiar de las palabras que parecen demasiado claras. ¿Qué significa realmente sentido común? ¿Qué autoridad tiene? ¿De donde procede su fuerza persuasiva? Y, sobre todo, ¿qué relación guarda con la razón práctica con el constructivismo moral y con las tradiciones liberales que han intentado definir como debe orientarse la acción humana en sociedad?
Debemos quizá recurrir a Kant y a su descripción de la razón práctica, la facultad que determina como debemos hacer. Una de las bromas entre estudiantes de filosofía era decir que Kant escribió la práctica para explicar la pura. Y, en cierto modo, la broma encerraba una verdad: la autoridad de la razón practica no proviene de la experiencia, sino de su capacidad de formular principios que puedan valer universalmente. La moral, en este sentido no nace del consenso ni de la costumbre sino de la forma racional de la ley. El sentido común, entendido como intuición compartida o como percepción espontanea de lo correcto, no puede sustituir a la razón práctica porque carece de universalidad, es encima, variable, contextual, dependiente de hábitos y tradiciones. La razón práctica exige algo mas exigente o sea que la máxima de nuestra acción pueda convertirse en ley para todos. Esta exigencia, que Kant formula como principio de legislación universal, es incompatible con cualquier apelación acrítica al sentido común, porque este no garantiza ni coherencia ni imparcialidad. El constructivismo moral, especialmente en su versión kantiana, profundiza en esta idea. Según esta corriente, los principios morales no existen como entidades independientes que debamos descubrir, sino que se construyen mediante procedimientos racionales que garantizan su validez. Rawls, por ejemplo, en Liberalismo político, obra que ha vuelto ese año en librería en su 5ª edición, no es un caso justo ese año, utiliza el constructivismo para formular los principios de justicia: no son intuiciones del sentido común, sino el resultado de un método racional que busca asegurar imparcialidad y equidad. Pero el sentido común no basta para fundamentar la moral, porque está demasiado ligado a identidades, tradiciones y percepciones particulares. El constructivismo exige un nivel mas profundo: un procedimiento que permita que los principios sean valido más allá de las contingencias culturales. ¿pero por qué hablamos de constructivismo? Porque es la teoría que concibe la sociedad estructurada según principio jurídicos y que entiende la persona como miembro de una comunidad regulada por normas razonables aplicables a todos. Es la teoría más próxima a la idea de sociedad democrática como garantía de derechos. La que tenemos en la cabeza cada vez que hablamos de sociedad democrática. Y efectivamente interpretamos la vida pública en ese sentido junto a la necesidad del sentido común, pero este es un razonamiento falsado y limitado que tiene una falla conceptual evidente: confunde lo compartido con lo correcto. y además cree que ese consenso inmediato es liberalismo, cuando en realidad nos sitúa en un vacío entre intuición, sentido común y necesitad política.
La filosofía liberal contemporánea, influida por Kant, ha intentado precisamente separar la moral y la política de las intuiciones inmediatas del sentido común. El liberalismo no se apoya en lo que la mayoría percibe como evidente, sino en principios que deben ser justificables ante cualquier persona, independientemente de su origen, creencias o costumbres. La apelación al sentido común, tan frecuente en la retórica política, es problemática desde esta perspectiva porque una intuición sea simplemente aceptada no significa que sea justa. Que una percepción sea habitual no significa que sea racional. Y el liberalismo exige que las normas que rigen la vida común puedan ser definidas mediante razones públicas, no mediante apelaciones a evidencias supuestas. La popularidad actual del sentido común como argumento político, en realidad, revela una tensión profunda entre dos formas de orientar la acción humana. Por un lado, la intuición inmediata, que busca soluciones rápidas, comprensibles y emocionalmente resonantes. Por otro, la razón práctica y el constructivismo, que exigen universalidad y justificaciones racionales. Cuando un político invoca el sentido común, está apelando a la parte mas espontanea de la vida moral, cuando un filosofo invoca la razón práctica está apelando a la totalidad racional que permite que una sociedad sea justa. Por eso la frase tan repetida hoy, sentido común, es filosóficamente insuficiente. No basta con que algo parezca evidente, debe ser justificable. No basta con que algo sea compartido, debe ser universalizable. No basta con que algo sea intuitivo, debe ser racional. La filosofía exige mas que intuiciones, exige principios. Y esos principios no se encuentran en el sentido común, sino en la razón práctica y en los procedimientos constructivos que permiten que la moral y la política sean algo mas que una suma de percepciones. Y cuando una sociedad entera invoca el sentido común con una intensidad casi emocional, hasta convertirlo en criterio político, suele ser señal de que algo mas profundo se ha quebrado. Definimos una sociedad democrática la sociedad que tiene la capacidad de alcanzar consenso entrecruzado sobre los valores fundamentales. Ese consenso no nace del sentido común, nace de la razón publica: de la posibilidad de justificar principios ante cualquier persona, independientemente de su origen, creencia o tradiciones. Por eso, cuando un pueblo entero recurre al sentido común como si fuera el ultimo criterio disponible, es evidente que una parte de la política se ha alejado de los valores que debían sostenerlo. La sociedad entera se ha efectivamente quebrado. Pero apelar al sentido común es la clave para encontrar soluciones. Para decirlo de alguna manera recurrir al sentido común es el síntoma y no el camino para la solución del problema. Las épocas de crisis siempre exigen recuperar principios universales, no porqué sean abstracto, sino porqué son los únicos capaces de sostener la convivencia cuando las intuiciones fluctúan. Entre esos principios, la tradición liberal y Kant han destacado dos principios que atraviesan la historia del pensamiento político: no dañar a nadie y proteger la identidad moral del individuo. Lo que pasa bajo el concepto de proteger la identidad del individuo es lo que pone enfrentados las ideologías políticas. Si una falla la otra exige existencia poniéndose a la cabeza del sentido común. Pueda que sea el liberalismo la clave para reconstruir la sociedad sanándole la quiebra y no el sentido común, ese es totalmente insuficiente como lo es el populismo. Haría falta una teoría mas precisa conforme a una acción concreta para sanar la quiebra. Recuperar el consenso entrecruzado alrededor de algo concreto.






