viernes, 25 septiembre,2026

CUANDO HACES PLOF, YA NO HAY STOP (PLINGADOS)

Hace una década, antes de que me encerraran aquí arriba recibiendo turistas, llegué a ver un anuncio de una marca de eso que llaman «papas», en el que los jóvenes del menceyato abrían un tubo de papas y ya no paraban de comerlas. Me recordó al mencey o Mago Plof, venido de allá de los mares, según él, y que trajo la libertad y el agua a los baños del campo, que son de unos del menceyato de Anaga, pero que pagamos todos en la isla.

Comenzó haciendo Plof y, desde entonces, no hay stop, aunque sí una sarta de «plingados» que, disparate tras disparate, encaminan el «círculo de amistad» de todos, pero que engorda los bolsillos de unos poquitos a base de salarios y dietas de amigos y cercanos, hacia una situación insostenible.

Me recordó a cuando todo el mundo quería echar a una mosca que, al parecer, molestaba por sus zumbidos y sese-o. Pero ahora han metido diez o doce moscas a las que les encanta estar metidas en la mier…coles (ecuador de la semana) y quitar o sacar a los jóvenes locales que se han ganado su puesto en su ciudad deportiva, llamada ahora mismo La Jaula de Grillos.

Cuando eres un plingado (marca de papa frita canaria), obedeces y sirves a tu líder hasta la extenuación, porque en ello van tu salario y tus comisiones. Pero, cuando te separas de la doctrina absorbida allá de los mares, adonde, por cierto, no puedes volver, eres ninguneado, expoliado y separado del líder supremo, del mencey. Eso es lo que le está pasando al líder espiritual, puesto como faro de la religión del Mago Plof y que ahora, con menos mando del deseado, sufre por las esquinas. Y también le está pasando al acompañante del venido de allá de los mares, ahora sufrido partícipe del ninguneo.

En cambio, de las tierras de Mr. London ya no solo viene el máximo accionista del «círculo de amistad» del Mago Plof, sino también aquellos que prestaron las onzas de oro al mencey y que buscan su devolución y rendimiento, llegando incluso a visitarlo en su predio. Recuerdo a uno con una mancha en la cara que, cuando decía «vengo de catar», te hacía pensar que era un chef con estrella Michelin. Hasta que, un día, aquí, en el volcán, llegó una chica de origen marroquí y nacionalidad británica, con un velo bonito, de sela o seda, como se diga, y nos enseñó a los espíritus de la cueva la distribución de los menceyes y menceyatos allá de los mares y, entre ellos, el mencey de «Catar». Nos quedamos tranquilos al saber que no venían a valorar la comida del parador sin avisar.

Así que, cuando ves que no se pueden devolver las onzas y los doblones de oro de allá de los mares, que no se puede pagar a los vendedores del «reino de todos», pero del que viven unos pocos, y que los que hablaban de la nueva propiedad tienen menos peso y protagonismo mediático que Verdeliss tras acabar sus pruebas atléticas (gran campeona deportiva, pues es una estrella), te das cuenta de que el mencey ha elegido bien a sus plingados.

El problema es que, con tanto Plof, ya no hay Stop. Y se ve.

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LECTOR AL HABLA