Los gobiernos europeos y la OTAN han elevado la alerta ante la intensificación de lo que describen como una guerra híbrida de Rusia contra Occidente, una ofensiva que no libra con tropas cruzando fronteras, sino con drones sobre bases militares y aeropuertos, sabotajes contra infraestructuras críticas, ciberataques, incendios sospechosos y campañas de desinformación. La sucesión de episodios, cada vez más frecuente, ha llevado a las capitales del continente a tratar como una estrategia coordinada del Kremlin lo que antes clasificaban como sucesos aislados.
El centro de estudios Globsec, con sede en Bratislava, ha identificado 151 casos de actividad hostil rusa contra Europa entre febrero de 2022 y febrero de 2026, una cifra que sus autores consideran probablemente inferior a la real. Los incidentes combinan sabotaje físico, ciberataques y desinformación con un objetivo común: presionar a la OTAN y desgastar el respaldo occidental a Ucrania sin llegar a cruzar el umbral de una guerra abierta.
Polonia y Rumanía sufren incursiones reiteradas de drones que, lejos de buscar una ocupación territorial, tratan de estresar las fronteras aliadas, obligar a un despliegue costoso de recursos defensivos y generar debates políticos divisivos dentro de la Alianza. El primer ministro polaco, Donald Tusk, advirtió este fin de semana de que uno de esos aparatos impactó a apenas 800 metros de su frontera y anunció un refuerzo de la seguridad «porque Putin no se detendrá».
Berlín interpreta ahora como parte de esa campaña incidentes locales como el intento de atentado con dron en el aeropuerto de Leipzig el pasado agosto, empleado en operaciones logísticas de apoyo a Kiev, que el Gobierno atribuyó a Moscú y que derivó en el cierre mutuo de consulados y centros culturales. El embajador estadounidense ante la OTAN, Matthew Whitaker, calificó ese episodio como una de las acciones híbridas «más preocupantes» vistas en Europa.
El sabotaje de gasoductos como el Balticconnector y los daños a cables submarinos de comunicaciones han revelado la vulnerabilidad de las infraestructuras submarinas, mientras Bielorrusia, respaldada por Moscú, ha instrumentalizado durante años los flujos migratorios en la frontera polaca como vector de presión. Moldavia, aspirante a entrar en la Unión Europea, ha denunciado además nuevas incursiones de drones Shahed que llegaron a restringir las operaciones en el aeropuerto de Chisináu.
El Kremlin rechaza estar detrás de estos incidentes y sostiene que no pretende atacar a la Unión Europea, una versión que choca con la sucesión de episodios que los servicios de inteligencia occidentales vinculan a Moscú. Los expertos advierten de que la estrategia rusa consiste precisamente en actuar por debajo del umbral del conflicto convencional, distanciándose de sus actos para dificultar una respuesta y explotar las divisiones internas de las democracias europeas.
Las advertencias militares apuntan más allá de la guerra híbrida. Mandos alemanes e italianos calculan que Moscú planea expandir su ejército hasta cerca de 1,6 millones de soldados y estiman que Rusia podría estar en condiciones de lanzar un ataque contra la OTAN ya en 2029. Frente a ese escenario, algunos analistas reclaman reforzar las defensas y la detección temprana de patrones hostiles, mientras otros defienden reactivar los canales de comunicación con Moscú, como el Consejo OTAN-Rusia, para evitar que un malentendido derive en una escalada incontrolada.






