Hay cosas en política que no dejan de sorprender por más que uno intente curarse de espanto. Ángel Víctor Torres ha anunciado oficialmente que quiere volver a ser el candidato del PSOE a la presidencia de Canarias en 2027. Lo ha dicho muy serio, convencido de que es la persona adecuada y lanzando una frase de esas que quedan redondas en los titulares: “Las cosas se deben y se pueden hacer de otra manera”. La consigna suena genial, no se puede negar. El único problema es que se olvida de un pequeño detalle de memoria básica: él ya estuvo cuatro años al frente del Gobierno de Canarias. Y la “otra manera” en la que hizo las cosas no fue precisamente un espectáculo para enmarcar.
Nos pide ahora que recordemos su etapa en el famoso Pacto de las Flores (2019-2023) casi como si hubiese sido un idilio. Es verdad que le tocaron años de pesadilla, con la pandemia y la erupción del volcán de La Palma. Nadie le quita eso. Pero usar las desgracias como comodín eterno para tapar los boquetes de la gestión ya no cuela. Los problemas que dejó en Canarias no fueron cuestión de mala suerte, sino de mala cabeza.
Bajo su mandato, el sistema público canario no es que flaqueara, es que parecía funcionar al revés. Pedir cita en la sanidad pública para un especialista o una operación se convirtió en un calvario de meses y meses donde la paciencia rozaba lo místico. Con la Ley de Dependencia el logro fue similar: miles de familias se quedaron atrapadas en un laberinto de papeleo infinito, esperando por ayudas que jamás llegaban mientras el tiempo jugaba en su contra. Eso sí, para gestionar dinero a toda prisa cuando no se debía, la agilidad fue pasmosa. En el peor momento de la pandemia, su Gobierno pagó cuatro millones de euros por un lote de mascarillas que nunca apareció. Cuatro millones de dinero público esfumados en una estafa de libro o metidos en los bolsillos de unos comisionistas espabilados; todo gracias a un control presupuestario que destacó por brillar por su ausencia.
Con ese brillante expediente a la espalda – y con el Caso Mascarillas dejando un rastro de dudas sobre las contrataciones de su etapa –, Torres armó las maletas y se marchó a Madrid como Ministro de Política Territorial. En las islas se vendió aquello como un triunfo histórico: por fin tendríamos a un canario sentado en la mesa donde se decide todo. La realidad ha sido un fiasco de época. Como ministro, para las islas ha estado prácticamente en paradero desconocido. Su gran aportación ha sido ejercer de alumno disciplinado y obediente de Ferraz, prefiriendo no despeinarse ante su partido antes que levantar la voz por Canarias.
Ahora regresa y nos promete que vuelve con “humildad y trabajo” para arreglar la tierra. Resulta bastante chocante que la misma persona que dejó sus competencias autonómicas hechas un solar y que no ha movido un solo dedo por Canarias desde su cómodo sillón de ministro pretenda venderse hoy como la gran solución a todos nuestros males.
Los ciudadanos de las islas no somos tontos ni tenemos una memoria tan frágil. Pretender que la gente olvide el desastre organizativo en el archipiélago y su posterior irrelevancia en Madrid es tomarle el pelo al votante en su cara. Para prometer que las cosas se van a hacer de otra manera, primero hay que demostrar que se aprende de los propios errores. Y de momento, el señor Torres sigue sin enterarse de nada.






