El Servicio Agrícola Exterior del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) anunció este jueves un paquete de medidas para reabrir el crédito y la ayuda agrícola a Venezuela, en una extensión de la apertura económica que Washington y Caracas iniciaron con su pacto petrolero. El plan facilitará que empresas venezolanas compren alimentos y materias primas estadounidenses con créditos respaldados por el propio Gobierno norteamericano, y prepara además el envío de asistencia alimentaria y la formación de técnicos venezolanos.
Washington reactiva el programa de garantías de crédito a la exportación GSM-102, un mecanismo que no consiste en entregar dinero directamente a Venezuela, sino en ofrecer garantías que reducen el riesgo de las entidades financieras que respaldan las operaciones. Una empresa venezolana que quiera comprar trigo, maíz o soja estadounidenses necesita financiación para pagar al exportador, y esa cobertura pública facilita que un banco asuma el riesgo en un mercado castigado por la inflación y años de restricciones de crédito.
Estados Unidos levantó también restricciones en el marco de su Iniciativa de Misiones de Resiliencia Alimentaria y Agrícola, y prevé incluir a Venezuela en una misión comercial agroindustrial regional programada para comienzos de 2027. El USDA ha empezado además a evaluar las condiciones sobre el terreno para determinar si puede implantar en el país programas globales de nutrición e infancia, como Food for Peace, Food for Progress y la iniciativa McGovern-Dole, dirigidos a comunidades vulnerables.
Washington persigue un objetivo doble con estas medidas. Por un lado, contribuir a la recuperación de Venezuela, especialmente tras los recientes terremotos y la salida de Nicolás Maduro; por otro, abrir un nuevo mercado a los agricultores y las empresas estadounidenses. Un informe del propio Departamento de Agricultura publicado en abril calcula que Venezuela necesitará importar 1,5 millones de toneladas de trigo en la campaña 2026-2027, un 10% más, y consumirá unos tres millones de toneladas de maíz, mientras su sector agrícola sigue lastrado por la inflación y el encarecimiento de los fertilizantes.
Para Venezuela, la reapertura del crédito internacional supone una vía para reforzar una actividad clave para su seguridad alimentaria y reducir de forma progresiva su dependencia de determinadas importaciones. Para los productores estadounidenses, abre las puertas de un mercado que importa buena parte de lo que consume. El sector agrícola se perfila, en definitiva, como una pieza más del acelerado acercamiento económico entre los dos países, después de años de sanciones y de ruptura casi total de las relaciones comerciales.






