Medio decenio después de que los talibanes entraran en Kabul sin apenas resistencia, el movimiento que el mundo aisló como paria trata de reescribir su lugar en el tablero internacional. En su mensaje por el quinto aniversario de la toma del poder, el Emirato Islámico tendió este sábado la mano al exterior, prometió que Afganistán no servirá de plataforma para atacar a nadie y, en el mismo gesto, exigió a las potencias que dejen de conspirar contra él y respeten su soberanía. Un doble movimiento, de seducción y advertencia, que resume la estrategia con la que el régimen afronta su segunda etapa.
Conviene recordar de dónde viene esa fecha. El 15 de agosto de 2021, el presidente Ashraf Ghani huía del país y las columnas talibanes ocupaban la capital el mismo día en que se completaba la retirada estadounidense pactada un año antes en Doha. El desenlace puso fin a dos décadas de presencia occidental y a un intento fallido de construir una democracia tutelada, y devolvió el poder al mismo movimiento que Estados Unidos había derrocado en 2001 tras los atentados del 11-S. Aquella imagen del aeropuerto de Kabul, con afganos aferrados a los aviones, quedó como símbolo de un repliegue caótico cuyas consecuencias todavía condicionan la política de la región.
La clave para entender el mensaje de este año está en lo que ha cambiado desde entonces. Durante los primeros tiempos, ningún Estado quiso reconocer al régimen y los fondos afganos quedaron congelados en el extranjero, lo que hundió la economía y agravó una crisis humanitaria de enormes dimensiones. Pero el aislamiento ha ido resquebrajándose: por pragmatismo, por intereses económicos y por geografía, potencias y vecinos como China, la India, Rusia y varios países de Asia Central han tejido con Kabul relaciones comerciales y de seguridad, con Moscú a la cabeza como primer y por ahora único Gobierno que lo reconoce formalmente. Ese deshielo parcial es el que explica el tono envalentonado con el que el ministro de Exteriores, Amir Khan Muttaqi, dividió el sábado al mundo entre quienes tratan con el Emirato y salen beneficiados y quienes lo ignoran y, según él, nada ganan con ello.
La advertencia sobre las conspiraciones exteriores tampoco es retórica vacía, sino que apunta a un frente muy concreto. El régimen mantiene una tensión creciente con Pakistán, su antiguo valedor, al que acusa de injerencias mientras Islamabad le reprocha dar cobijo al TTP, la rama pakistaní de los talibanes responsable de una oleada de atentados que ha derivado en choques militares fronterizos. Cuando Kabul promete que su suelo no se usará contra terceros y pide que nadie repita experiencias fallidas de respaldo a facciones armadas, habla sobre todo de ese conflicto, y también de la amenaza persistente de la filial afgana del Estado Islámico, su gran enemigo interno.
El contraste, y la principal razón por la que ese reconocimiento pleno no acaba de llegar, está de puertas adentro. El discurso de apertura convive con uno de los sistemas más represivos del planeta, levantado sobre una interpretación rigorista de la ley islámica que ha borrado a las mujeres de la vida pública: sin acceso a la educación secundaria ni universitaria, expulsadas de la mayoría de los empleos y sometidas a normas que les impiden viajar solas o mostrarse en el espacio público. Ese cerrojo, silenciado en el mensaje del aniversario, es precisamente lo que la comunidad internacional coloca como condición para normalizar relaciones, y lo que convierte cada celebración talibán en un ejercicio de propaganda hacia fuera que oculta la realidad que viven millones de afganos, y en especial las afganas, dentro de sus fronteras.






