Las autoridades rusas reconocieron este viernes que diversas regiones del país afrontan nuevas carencias de gasolina, mientras Ucrania intensifica sus ataques con drones contra las refinerías rusas. El desabastecimiento, que arrancó a finales de mayo en la península ucraniana de Crimea, anexionada por Moscú, se ha extendido por buena parte del territorio y ha traído consigo colas en las gasolineras, límites al repostaje, interrupciones logísticas y subidas de precios que el Kremlin trata de contener con una combinación de restricciones internas, importaciones y medidas extraordinarias.
El problema ha vuelto a hacerse visible en la propia capital. En Moscú reaparecieron este viernes las largas filas de vehículos en las estaciones de servicio, después de que la crisis pareciera remitir a finales de julio. Los ataques ucranianos han dejado fuera de servicio, según distintos análisis independientes, entre el 30 % y el 45 % de la capacidad de refino rusa, lo que ha reducido la producción de combustible por debajo de la demanda interna. El viceprimer ministro Alexandr Novak ha tenido que ordenar medidas para garantizar el suministro y vigilar los precios, y el Gobierno ha autorizado incluso la comercialización de gasolina de menor calidad, con estándares Euro 2, Euro 3 y Euro 4, muy por debajo del Euro 5 habitual, para paliar la escasez en las regiones más afectadas.
Las soluciones de emergencia, sin embargo, tropiezan con dificultades. La gasolina que Rusia importó de India y Marruecos para cubrir el déficit permanece varada en el puerto norteño de Múrmansk porque las partes no logran ponerse de acuerdo sobre el precio. El episodio resulta especialmente revelador porque rompe con la imagen de autosuficiencia energética que el Kremlin ha intentado proyectar durante la guerra: Rusia no se queda sin petróleo, sino que ha perdido capacidad para refinarlo y distribuirlo, lo que la ha obligado a comprar combustible en el extranjero, también a Kazajistán y Bielorrusia.
El trasfondo es una campaña ucraniana sostenida contra la infraestructura energética rusa. Kiev ha convertido las refinerías, depósitos y terminales en objetivo prioritario para elevar el coste de la guerra y llevar el conflicto al interior del país, con más de medio centenar de ataques desde finales de marzo. El golpe más reciente dejó fuera de servicio, por al menos seis meses, una de las mayores refinerías del país, situada en Orsk, cerca de la frontera con Kazajistán. La ofensiva no solo altera la vida cotidiana de millones de conductores en regiones alejadas del frente, sino que erosiona los ingresos por hidrocarburos con los que Moscú financia la contienda, en un momento en que las sanciones occidentales aprietan aún más las cuentas del Kremlin.






