Conozco a ese vecino y usted también. Separa el vidrio, el papel, los envases y la orgánica con disciplina de relojero suizo. Ha aparcado para siempre —porque se lo mandan— un coche que funcionaba perfectamente, y mira con recelo el precio de uno eléctrico que no sabe si podrá pagar. Asume la zona de bajas emisiones, la bolsa de tela, la etiqueta energética, el recibo de la luz con sus peajes verdes. Y una noche, viendo en el telediario un río asiático arrastrando plástico hacia el mar o una fila de centrales de carbón inaugurándose al otro lado del mundo, se pregunta lo que cualquier persona honesta se preguntaría: ¿y todo mi esfuerzo para qué?
Llevo tiempo pensando que a ese vecino no se le puede responder con un sermón, porque su pregunta es legítima. Europa entera emite en torno al seis o siete por ciento del CO₂ mundial. China, alrededor del treinta, más que Estados Unidos y Europa juntos. Un tercio de la humanidad ni siquiera cuenta con gestión formal de sus residuos, y la mayor parte del plástico que asfixia los océanos entra por un puñado de ríos de Asia y África, no por el contenedor amarillo de La Laguna. Mientras tanto, el ciudadano europeo soporta la mayor densidad de obligaciones ambientales del planeta. La sensación de achicar el Atlántico con un dedal mientras al lado hay una manguera abierta no es ignorancia: es aritmética.
Y sin embargo, quiero discutirle a mi vecino la conclusión, no el enfado. Porque el argumento de «somos pequeños, no compensa» tiene una trampa lógica que conviene mirar de frente: lo puede usar todo el mundo. China puede trocearse mentalmente en provincias del tamaño de Alemania y declarar que ninguna decide nada; Estados Unidos son cincuenta estados; India, veintiocho. Si el criterio es «solo actúo si mi porción es decisiva», nadie actúa jamás, porque ninguna porción lo es. Es el problema más viejo de la acción colectiva, y solo tiene una salida conocida: que alguien empiece y arrastre.
Lo interesante es que Europa ya ha demostrado cómo se arrastra a los grandes, y no fue dando ejemplo moral, que no lo mira nadie, sino alterando los precios, que los mira todo el mundo. Las subvenciones que los alemanes pagaron carísimas en su recibo de la luz durante los años dos mil financiaron la curva de aprendizaje que desplomó el coste de los paneles solares. Hoy China e India instalan renovables a un ritmo vertiginoso no por conciencia planetaria, sino porque son la electricidad más barata de la historia; y lo son, en buena parte, porque los europeos pagaron la fase cara. Ese es el verdadero retorno de nuestra inversión: no limpiamos el aire de Pekín, abaratamos la herramienta con que Pekín tendrá que limpiárselo.
Dicho lo cual, seamos igual de francos con la otra mitad de la verdad: parte de la limpieza europea es contabilidad creativa. Cerramos la fábrica, importamos el producto y nos apuntamos la reducción mientras el humo sale por otra chimenea; durante décadas, además, exportamos literalmente nuestra basura. Y la factura interna del esfuerzo se ha repartido mal: con un detallismo regulatorio a veces absurdo, Europa ha exprimido al ciudadano de a pie la última décima de emisión mientras tardaba en usar su palanca real, que no es el quinto contenedor sino el acceso a su mercado, el más rico del mundo. Por eso la medida europea más importante de los últimos años no es ninguna prohibición doméstica, sino el arancel al carbono en frontera: quien quiera vendernos, que pague por su CO₂ como pagamos nosotros. Esfuerzo sí, pero cobrando. Entre la santidad inútil y el cinismo de no hacer nada existe un punto intermedio que se llama, simplemente, negociar con lo que uno tiene.
Y luego está lo nuestro, que es donde el debate abstracto toca tierra volcánica. Porque en Canarias el dilema de mi vecino tiene una respuesta particular que no depende de lo que hagan China ni la Comisión Europea. Estas islas generan todavía la inmensa mayoría de su electricidad quemando derivados del petróleo que llegan en barco: en 2024, el mix canario lo lideraban el ciclo combinado y los motores diésel, y las renovables apenas rondan la quinta parte de la generación, con récord histórico incluido, frente a más de la mitad en el conjunto de España. Léalo despacio: el territorio con más sol y más viento del país es también uno de los más enganchados al fuel. Aquí la transición energética no es un gesto para salvar el planeta; es dejar de tirar el dinero por la borda de un petrolero. Y El Hierro, con su central de Gorona del Viento cubriendo tramos enteros de su demanda con viento y agua, lleva años demostrando que no hablamos de ciencia ficción sino de voluntad.
Con los residuos, otro tanto. A un vecino de Múnich se le puede contar que recicla por el Ártico; a uno de Arafo o de Granadilla basta con enseñarle el mapa: una isla no tiene traspaís donde esconder sus vertederos, y cada tonelada mal gestionada se queda aquí, entre nosotros, a unos kilómetros de las playas de las que vivimos. Esa es, me parece, la gran lección pendiente de la política ambiental europea y canaria: se ha vendido el esfuerzo con promesas cósmicas —«recicla y salva el planeta», que es mentira por exceso— en lugar de con verdades domésticas: recicla porque tu isla es finita, electrifícate porque tu energía es carísima y ajena, cuida el litoral porque es tu despensa y tu nómina. Cuando la promesa es cósmica y el resultado invisible, el descreimiento crece solo. Cuando la razón es local y tangible, el esfuerzo se entiende sin sermones.
Así que no, no le diré a mi vecino que su enfado es egoísmo. Le diré que tiene razón en el diagnóstico y se equivoca en la receta. Que el reparto del esfuerzo es injusto y hay que pelearlo: en Bruselas, con aranceles y condiciones a quien no juegue limpio; y en casa, cargando menos al particular y más a quien tiene los medios. Pero que rendirse porque otros ensucian sería, en unas islas como las nuestras, el único lujo que de verdad no podemos permitirnos. La virtud no puede salir tan cara, cierto. La estupidez, en un territorio de dos mil kilómetros cuadrados rodeado de océano, saldría muchísimo más.






