domingo, 26 julio,2026

La Odisea

Y he aquí, en un formato íntegramente rodado en IMAX 70 milímetros, el punto máximo que ha alcanzado el cine en los últimos 20 años. Resulta una decepcionante realización el que, pese a la capacidad que todos sabemos tiene una película para presentar al espectador realidades que por su cuenta no hubiese sido capaz de concebir, ningún cineasta posea  suficiente ambición narrativa como para explorar la clase de historias que, proyectadas sobre una gran pantalla, hacen encoger el corazón y helar la sangre.

La ultracomercialización del cine cliché, elevado a primera línea debido al hambre ejecutiva de las modernas plataformas de streaming, ha invadido tan abrupta y abusivamente nuestra capacidad de recordar aquello que el cine se encarga de narrar, que se ha olvidado colectivamente que más allá de los infantiles tópicos insaciablemente reiterados por Netflix, existen historias absolutamente espeluznantes que se clavan en tu mente sin posibilidad de irse de la misma. Es este último el caso de “La Odisea”, la paradójica última superproducción de Christopher Nolan, que gracias a una sencilla cuestión de genialidad intelectual se las ha arreglado incluso para superar su épico “Oppenheimer”. El uso del calificativo “paradójico” se ve plenamente justificado cuando uno repara en que es esta, en el fondo, una película de cine independiente, rodado con los multimillonarios recursos del Hollywood de las grandes alfombras rojas. Este cinta de autor refleja exactamente quién es Nolan: un genio desmesuradamente ambicioso, capaz de visualizar en su mente imágenes que, aún tras verlas, continúan haciéndoseme increíbles, utilizando para ello la emoción humana como instrumento clave.

En Oppenheimer se puso de manifesto el inequívoco amor que el genio proyecta sobre temas como el conflicto moral del hombre, la redención y la catarsis, vistiéndolos con bombas nucleares y redadas políticas en contra del comunismo de la época. Sin haber aplicado la misma fórmula, pone Nolan el foco análogamente en la crisis de identidad del hombre, en la ley de oro de la moral kantiana y en los límites hasta los que se mantienen intactos os valores humanos durante la guerra. Entre una incontable cantidad de ellas, el director dispara desde el centro de la pantalla, en dirección a la mente de quien visione su obra, preguntas como: “¿Es un cerdo el soldado que acata órdenes sin aplicar un filtro moral a lo que se le ordena?” “¿Dónde se dibuja la línea en una conquista?”, o, retomando la óptica mitológica de la adaptación, “¿Puede llegar un mortal a tener permiso moral para desafiar a los dioses?”

La película, si bien nace de los miles de versos líricos constituyentes de la brutal epopeya de la “Odisea” de Homero, golpea astutamente la obra con unos anhelos desproporcionados de una ya ampliamente criticada rebeldía y originalidad, tomando decisiones como que Lupita Nyong´o interprete a Helena de Troya, o que ningún griego sea propiamente un griego. El viaje del  héroe, desde el nacimiento del mismo tras la conquista de Troya hasta la calmada proyección del sol poniente en el exilio, es narrada literalmente como un poema visual, y es que lo que aquí Nolan adapta no es la idea del poema, sino intrínsecamente el poema, palabra a palabra. Cada fotograma perteneciente a la épica cinta del metraje es absolutamente una palabra de un verso de una estrofa de Homero.

En pocas palabras, lo que Nolan ha escogido traer a la vida sobre la gran pantalla  no es un filme mental, como lo habían sido hasta ahora, sino violentamente emocional, enteramente recogido en el corazón y en los nervios de uno. El conflicto, el problema y la catarsis es vibrantemente humana, permitiendo al espectador incluso compartir con Odiseo parte de su humanidad. Este poema visual, de sangre caliente y mente fría, absolutamente sobrio en el uso de cada uno de los elementos que lo conforman, es único, y, por supuesto, irrepetible.

El cómo Nolan se las ingeniará para superarse en esta ocasión es algo total y completamente desconocido para mí, porque si me preguntan, si bien no es esta su mejor película, si es la de mayor valor, y, por ende, el  indiscutible pináculo de su carrera.

He aquí la película definidora de la vida del genio de su creador, y, posiblemente, la única experiencia cinematográfica merecedora de ser vista en cines hasta su próxima obra.

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LECTOR AL HABLA