España crece, crea empleo y mantiene una actividad económica más resistente de lo que muchos esperaban. Sin embargo, debajo de esa apariencia positiva vuelve a aparecer una debilidad conocida: la productividad no acompaña al ritmo del empleo ni al aumento del PIB.
Según los últimos datos, la economía española avanzó un 0,6% en el primer trimestre de 2026 y un 2,7% en tasa interanual. El empleo equivalente a tiempo completo también aumentó, con un crecimiento del 2,8%. El problema es que ese avance se apoya principalmente en incorporar más trabajadores y más horas de trabajo, no necesariamente en producir mejor.
Esta diferencia es importante. Una economía puede crecer porque contrata más, consume más y recibe más visitantes. Pero la productividad mide otra cosa: la capacidad de generar más valor con los mismos recursos. Y ahí España sigue teniendo una asignatura pendiente.
La baja productividad española se explica por una combinación de factores que vienen de lejos: exceso de burocracia, bajo peso de la innovación, escaso tamaño medio de muchas empresas, dificultades para digitalizar procesos, desajustes formativos y una carga administrativa que termina absorbiendo tiempo y recursos que podrían dedicarse a producir, vender, invertir o mejorar servicios.
A ello se suma el aumento del absentismo laboral y de las bajas por incapacidad temporal, una realidad que afecta de forma directa a la organización de las empresas.
Pese a todo en Canarias se mantiene un comportamiento económico positivo y, de hecho, en 2024 fue una de las comunidades que más creció en términos de PIB, con un avance del 4,4%, según el INE. Pero crecer más no significa automáticamente ser más productivos. Canarias conoce bien esa diferencia.
La economía canaria depende en gran medida del sector servicios y, especialmente, del turismo. Según datos del Gobierno de Canarias, el turismo representa el 37,7% de la economía regional y el 42,3% del empleo. Esto permite sostener actividad, consumo y contratación, pero también deja al descubierto un reto: buena parte del crecimiento se concentra en sectores intensivos en mano de obra y con márgenes condicionados por los costes laborales, energéticos, logísticos y administrativos.
Tenerife es un buen ejemplo de esa tensión. La isla registra actividad turística, comercial y de servicios, pero muchas pequeñas y medianas empresas siguen funcionando con estructuras muy ajustadas. Para un hotel, un restaurante, una empresa de mantenimiento, una asesoría, una clínica o un comercio local, la productividad deriva de poder atender mejor con menos trámites, digitalizar reservas y procesos, reducir tiempos muertos, formar mejor al personal, evitar duplicidades administrativas y contar con infraestructuras que no resten competitividad.
La insularidad añade además costes propios: transporte, dependencia energética, dificultad para determinados suministros, presión sobre el suelo, movilidad interna y una administración que muchas veces no facilita la agilidad empresarial. Cuando una empresa canaria pierde horas en trámites, autorizaciones, desplazamientos o gestiones repetidas, también pierde productividad.
Por eso, el debate no debería limitarse a celebrar que el PIB sube o que el empleo aumenta. La pregunta relevante es qué tipo de crecimiento se está generando. Si se crece solo por volumen, el margen de mejora es limitado. Si se crece incorporando tecnología, formación, inversión, eficiencia energética, simplificación administrativa y mayor valor añadido, entonces el crecimiento es más sólido.
Canarias tiene instrumentos para avanzar en esa dirección. La Zona Especial Canaria, los incentivos fiscales, la atracción de empresas tecnológicas, la economía azul, la investigación vinculada al mar, la producción audiovisual, la innovación turística y la digitalización de las pymes pueden ayudar a reducir la dependencia de un modelo basado casi exclusivamente en volumen. La cuestión es que esas oportunidades necesitan continuidad, seguridad jurídica y menos obstáculos burocráticos.
La productividad no se mejora con discursos, sino con decisiones concretas. Menos trámites inútiles, más formación útil, mejor conexión entre empresa y administración, mayor inversión tecnológica y una estrategia económica que premie el valor añadido por encima de la mera ocupación.
España crece. Canarias también. Tenerife mantiene una actividad evidente. Pero la verdadera fortaleza de una economía no se mide solo por cuántas personas trabajan o cuántos turistas llegan. Se mide por la capacidad de transformar ese esfuerzo en más valor, mejores salarios, empresas más competitivas y servicios de mayor calidad.
Ese sigue siendo el gran reto: no trabajar más para producir lo mismo, sino organizarse mejor para producir más y mejor.






