En este tiempo en los que las opiniones parecen coordinarse con la precisión de una flashmob, es fácil dudar de la realidad y preguntarse si estamos asistiendo a un debate público o a un ensayo general para una coreografía ideológica. En España, como en buena parte de Occidente, basta asomarse a cualquier tertulia para notar como ciertos discursos se repiten con una sincronía casi coreográfica, la sospecha automática de fascismo y dominio hacia todo lo que suene a defensa del mundo occidental y la convención de que el pasado pertenece al ganador bloquea cualquier pensamiento crítico. Lo curioso es que esta especie de ironía colectiva hacia nuestro propio legado no es solo una moda intelectual, es el síntoma de algo más profundo, de una crisis de sentido que, como diría Eric Weil, anuncia que estamos en un punto de inflexión histórica. Weil, en el brillante libro “Del interés por la historia”, tenía una relación muy particular con la historia. No la veía como un museo de ruinas ni como un catálogo de nostalgias, interpreta la historia como el escenario donde la humanidad se enfrenta una y otra vez a la tarea de justificar su acción. Para el, la historia interesa porque en ella se ve como las categorías con las que pensamos y actuamos nacen, se transforman y, llegado el momento, se agotan. Y cuando se agotan, sobreviene la crisis. Pero no una crisis entendida como catástrofe, sino como punto de inflexión, como giro, como el instante en que una época descubre que ya no puede seguir adelante con los conceptos que la habían guiado hasta entonces. La crisis, en Weil, es el momento en que la humanidad se mira al espejo y comprende que necesita inventar nuevas formas de sentido si quiere seguir siendo racional. Esta idea dialoga, aunque desde otro ángulo, con la célebre critica de Gibbon a la decadencia romana. Gibbon, con su ironía ilustrada, en su libro “Historia de la decadencia y caída del impero romano”, veía la caída del Imperio como un proceso de desgaste interno, una perdida de confianza en los principios que habían sostenido su grandeza. Sin duda estamos en ese punto. Una civilización empieza a desmoronarse cuando deja de creer en si misma, cuando sus instituciones se convierten en decorados y su ciudadanía en espectadores cansados. ¿Pero estamos frente a decadencia o a evolución que nos cuesta entender?
No hace falta compartir su moralismo para reconocer que algo de ese desgaste resuena hoy en nuestras democracias occidentales, donde la defensa de los propios valores se ha vuelto un gesto incomodo, casi de mala educación. Pero quizá podríamos mirar más allá del diagnóstico moral y según Weil razonar sobre que no sería tanto una decadencia como argumento conceptual. Las categorías que estructuran la modernidad (progreso, crecimiento, nación, individuo, razón técnica) ya no articulan la experiencia con la claridad que antes tenías. La tecnología avanza, pero no sabemos muy bien hacia donde; la información abunda, pero la comprensión escasea; la globalización conecta, pero también fragmenta. Y en medio de todo esto la idea de Occidente que, durante décadas funcionó como un marco de referencia, se ha convertido en un concepto incomodo, discutido y caricaturizado. Desde la perspectiva de Gibbon podríamos decir que hemos perdido en la corrupción y desgaste la confianza entre nosotros mismo, desde la de Weil que nuestras categorías ya no justifican la acción de manera coherente. El giro histórico, el momento histórico de crisis, no es un derrumbe es la naturaleza de la sociedad misma. La humanidad solo puede continuar si es capaz de crear nuevas categorías que permitan pensar y actuar de forma responsable. Esto implica repensar la libertad más allá del individualismo, la autoridad más allá de la imposición, la comunidad más allá de la homogenizad y la relaciones con la naturaleza más allá de la explotación. La crisis contemporánea no sería entonces un signo de derrota, sino la señal de que estamos en un umbral, en un tránsito hacia algo que aún no tiene nombre. Es justo sobre ese “algo”, que no tiene nombre, que debemos razonar y establecer que nombre dar. Frente a esa crisis quizá lo políticos que tienen la obligación moral de pensar responsablemente al futuro nuestro, deberían preguntarse qué futuro están proponiendo: nos estamos cargando la civilidad occidental, ¿por ejemplo? Estamos en un momento de crisis, en un vacío momentáneo o seguimos la nostalgia o dejamos la decadencia y empezamos a ver que futuro nos jugamos: libertad de vivir, opinar y ser felices.
Y quizá después de todo, esta sincronización de opiniones que tanto nos diviertes o irrita no sea más que el ruido de fondo de quine no ha entendido que ya perdió que ya su modelo no vale que ya su perspectiva no define la sociedad. Si algo enseñan Gibbon y Weil, cada uno su manera, es que una época solo se derrumba cuando renuncia a pensar. Y que solo renace cuando se atreve a inventar nuevas respuestas. Así que la pregunta es ¿qué futuro vamos a vivir? La crisis es normal así que nada de victimismo nada de moralismo solo razonamiento sobre lo que conviene a la humanidad para que los hombres siguen siendo felices. Debemos seguir siendo racional.






