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martes, 16 junio,2026

Álex de la Iglesia

Cuando se proyecta en pantalla un filme de Álex de la Iglesia asimismo se proyecta un filme de Buñuel, de Fernán Gómez, un filme inteligente a la par que absurdo, pero, por encima de todo, un filme críticamente español. Si hay algo que el director sabe hacer es enriquecer culturalmente su obra hasta que la misma se sienta absolutamente fuera de cualquier categoría, haciéndola orgullosamente rica. Cuando uno se sienta a ver cine español, automáticamente lo hace con una idea preconcebida de lo que se dispone a ver, arruinando parcial o completamente la ilusión y la sorpresa que entraña la película, y eso se debe a los fuertes clichés que siento que nuestro cine ha incorporado a lo largo de los últimos 20 años. El señor Álex de la Iglesia ha sabido derramar sobre sus cintas su vasto conocimiento filosófico y su intuición personal sobre la condición humana, haciendo que antes de ser cine español, o thriller, o cualquier otra etiqueta arbitrariamente oportuna, sea su cine. La rotura de un cliché sin renegar de su entorno, su cultura y sus raíces, de una forma tan puramente característica, es algo por lo que sin lugar a dudas debiera ser aplaudido.

La admiración personal que despliego hacia su persona bien podría, en gran medida, deberse a su capacidad de realizar películas que hayan sido simultáneamente de masas e intelectuales. Filmes como “La Comunidad” o “El Bar” son cine mental, donde la emoción reside en parte en la comprensión de los hechos y no en la mera visualización de los mismos, como ha llegado a tipificarse en el moderno cine de masas. Lleva a cabo una apuesta por un cine que sea consumido a través de la inteligencia del espectador, lo que implica asimismo no infravalorarla, tal y como acostumbra a hacerse. Esta confianza que Álex deposita en nuestra capacidad es lo que hace sentir al espectador verdaderamente a la par del director, casi que en el interior de los confines de su mente.

Es genuinamente digno de reflexión el cómo disponiendo de absolutamente todas las herramientas cognoscitivas para llevar a cabo un cine pretenciosamente profundo, (y lo más probable es que al final superficial) así como pedante, el director sepa exactamente cómo aplicar su saber en cada película teniendo siempre en mente la línea a nunca traspasar: aquella que separa el cine reflexivo del meramente pseudo-intelectual. Síntoma del masivo éxito del que sus películas llevan ya un tiempo acostumbradas a gozar es el casamiento, (ahora convertido en un cliché absolutamente propio) de la idiosincracia y burocracia y sociedad española tal y como lo es para los españoles con la idiosincracia y burocracia y sociedad española tal y como lo es para él. Esta yuxtaposición de una visión universal con una absolutamente subjetiva es precisamente lo que dotan, sin haber llegado nunca a la contradicción, a sus filmes del absurdo que les permite llevar a cabo absolutamente todo cuando su director desee sin llegar nunca a resultar lo suficientemente onírico y surrealista como para uno pretender abandonar la sala de cine.

En síntesis, cuando se proyecta la visión de Álex de la Iglesia sobre la gran pantalla se proyecta una visión que es al mismo tiempo de todos y de nadie, y se explora un territorio paradójicamente desconocido y nunca antes visto, pese a transcurrir en calles del día a día y utilizar expresiones que también lo son. Es un cine con identidad propia, y lo es también el creador del mismo, un intelectual y un visionario que desde un primer momento entendió que el buen arte es aquel que es personal.

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