Jueves y viernes, 19 y 20 de marzo. Suspensión total de las clases en Tenerife por la llegada de la borrasca Therese. Mensajes oficiales de alerta, recomendaciones de no desplazarse, previsión de lluvias intensas y viento.
Pero en Santa Cruz, la imagen fue de cielos abiertos, ratos largos de sol y apenas lluvia, concentrada en momentos muy puntuales, sobre todo por la noche.
La escena es ya habitual. Se activa una alerta, se paraliza la actividad y, en la capital, la sensación es de sobrerreacción. Mientras tanto, miles de familias reorganizan su vida en pocas horas: padres que no pueden trabajar, niños en casa sin alternativa y acabar acordándose de todos los miembros (y sus familias) de la AEMET, del Gobierno de Canarias y de quien se ponga por delante.
¿Por qué pasa esto? La respuesta está en una combinación de meteorología, geografía y gestión del riesgo.
Un territorio heterogéneo
El primer elemento clave es que Tenerife no funciona como una unidad climática uniforme. Es, en la práctica, un mosaico de microclimas.
Las borrascas que llegan a Canarias suelen entrar desde el Atlántico con frentes asociados a vientos del oeste o noroeste.
Eso provoca que las zonas más expuestas —sobre todo el norte, las medianías y las cumbres— reciban el impacto directo: lluvia más intensa, viento fuerte y riesgo real de incidencias.
De hecho, en episodios recientes similares, las autoridades han alertado de rachas que pueden superar los 100 km/h y lluvias intensas en determinadas zonas de la isla, especialmente en vertientes norte y zonas altas.
Santa Cruz, sin embargo, juega con ventaja. La capital está situada en la vertiente este de la isla, parcialmente protegida por el relieve central, con el Teide como gran barrera natural. Este fenómeno es conocido en meteorología local como el relieve que bloquea o debilita los frentes.
Cuando una borrasca entra por el oeste o el norte descarga primero en La Palma, El Hierro o La Gomera, llega a Tenerife debilitada y, dentro de la isla, pierde intensidad al cruzar las cumbres.
El resultado es que mientras en el norte puede estar lloviendo con fuerza, en Santa Cruz puede haber sol. Pero esto no es una anomalía, es el funcionamiento habitual del sistema.
El problema es la escala de la decisión
Si esto se sabe, ¿por qué se suspenden las clases en toda la isla? Por la gestión del riesgo, que se usa con mucho miedo después de la famosa gota fría de hace ya tres lustros.
Las decisiones no se toman en función de lo que pasa en Santa Cruz, sino de lo que puede pasar en el conjunto de Tenerife. Y en ese conjunto hay barrancos con riesgo de crecida, carreteras de medianías expuestas, zonas con desprendimientos y municipios donde el viento o la lluvia sí pueden generar peligro real.
Además, las autoridades toman decisiones con base en previsiones, no en hechos consumados. Y esas previsiones, como reconocen los propios expertos, tienen incertidumbre: la posición exacta de una borrasca puede variar y cambiar completamente el impacto final.
Por eso, en episodios anteriores, el Gobierno de Canarias ha justificado la suspensión de clases como una medida preventiva para evitar desplazamientos y reducir riesgos, incluso antes de que el temporal alcance su punto máximo.
Cuando la prevención choca con la percepción
El problema es que esa lógica preventiva choca frontalmente con la percepción ciudadana.
Así es la cosa para una familia en Santa Cruz. Se suspenden las clases, se reorganiza todo el día, no ocurre prácticamente nada y entonces llega la frustración.
Es una clásica disyuntiva de protección civil: si se actúa y no pasa nada, parece exagerado; si no se actúa y pasa algo, la crítica es mucho mayor.
Este tipo de situaciones no es exclusivo de la borrasca Therese. Se ha repetido con otros episodios recientes como Claudia, Nuria u Olivier, donde se han activado alertas generales y suspensión de actividad ante previsiones de viento fuerte, lluvias o mala mar pero con impactos muy desiguales según la zona.
Por ello (y con un poco de suerte) algunos expertos y sectores plantean que el modelo podría evolucionar hacia decisiones más territorializadas, con suspensiones por zonas concretas, horarios adaptados o medidas más flexibles según el riesgo real.
Pero eso también tiene un coste: mayor complejidad, más incertidumbre y más margen de error.
Porque, en una isla como Tenerife, el problema no es solo dónde llueve, sino por dónde se mueve la gente. Y muchos alumnos que estudian en Santa Cruz viven en zonas donde sí puede haber riesgo.
La paradoja de Santa Cruz
Al final, lo que ocurre en la capital es casi una paradoja meteorológica y administrativa. Es uno de los lugares donde menos impacto directo tienen muchas borrascas pero al mismo tiempo es parte de un sistema insular donde las decisiones se toman de forma global.
Por eso, mientras en otros puntos de la isla el temporal puede ser real, en Santa Cruz puede parecer que nunca llegó.
Y esa distancia entre lo que se prevé y lo que finalmente ocurre es, probablemente, la raíz de una sensación que se repite cada invierno en Tenerife, la de vivir alertas que, al menos en la capital, muchas veces se quedan en nada.







