El sector de la electrónica de consumo se enfrenta a una de sus crisis más severas y desconcertantes de la última década. En apenas unas semanas, el precio de los módulos de memoria RAM ha experimentado una escalada sin precedentes, alcanzando incrementos de hasta el 200% en los puntos de venta. Esta subida, que ya se nota en los componentes para ordenadores, amenaza con trasladarse de forma inminente a los teléfonos móviles, consolas y cualquier dispositivo inteligente, anticipando un 2026 de escasez y precios prohibitivos para el ciudadano medio.
Detrás de este fenómeno no hay un desastre natural ni un problema logístico, sino la voracidad de la inteligencia artificial. Las grandes corporaciones tecnológicas han iniciado una carrera armamentística por el hardware que está dejando las estanterías vacías. El caso más paradigmático es el de OpenAI, la responsable de ChatGPT. Según los últimos informes del sector, la compañía liderada por Sam Altman ha cerrado acuerdos estratégicos con gigantes como Samsung y SK Hynix para asegurar el suministro de unos 900.000 chips mensuales. Esta cifra supone, de facto, que una sola empresa ha acaparado cerca del 40% de la producción mundial de memorias RAM para sus centros de datos.
Para los fabricantes de chips, la elección ha sido puramente económica. Es mucho más rentable producir memorias de alta densidad para los servidores que alimentan la IA que fabricar pequeños módulos para portátiles o móviles domésticos. Esta decisión ha provocado que las líneas de producción destinadas al consumidor final se vean drásticamente reducidas o, en algunos casos, directamente abandonadas. El resultado es un mercado de consumo desabastecido donde el poco stock disponible se vende a precios de oro.
La situación es especialmente crítica si se tiene en cuenta que la memoria RAM es un componente esencial e insustituible. Analistas del mercado advierten de que esta crisis no será pasajera, ya que la infraestructura necesaria para la inteligencia artificial seguirá creciendo de forma exponencial durante los próximos años. Mientras las grandes tecnológicas sigan dispuestas a pagar cualquier precio por el control de los datos, el usuario de a pie tendrá que resignarse a pagar mucho más por una tecnología que, hasta hace poco, se consideraba un bien básico y asequible.







