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Cajasiete
martes, 13 enero,2026

El oficio invisible de ser Rey Mago

A un niño no se le puede robar la noche de Reyes. Es imposible. Podrán decirle mil veces que no existen, podrán repetirle la cantinela del realismo y la madurez, pero durante esos días previos vive instalado en otra dimensión. Sueña despierto. Cuenta las horas. Ensaya mentalmente la escena de la mañana siguiente como si fuera el estreno de una película que solo se proyecta una vez al año.

Esa ilusión no se negocia. No entiende de economías domésticas, ni de facturas, ni de meses largos. Para un niño, la noche de Reyes es sagrada. Y los Reyes —los de verdad, los que llegan de puntillas— también lo saben.

Porque ya sabemos quiénes son. No vienen de Oriente ni siguen estrellas. Llegan cansados, con ojeras, a veces con la cartera temblando y el corazón apretado. Los que hacen malabares con lo que hay y con lo que no hay, intentando que la magia no se note demasiado forzada.

No siempre pueden traer el regalo exacto. No siempre alcanza. Y ahí está el drama silencioso: esos Reyes se sienten tristes, derrotados incluso. Piensan que han fallado. Que no estuvieron a la altura del deseo, que la magia se les escapó entre los dedos. Nadie les explica que la ilusión no funciona como un catálogo, que no se mide en marcas ni en precios.

Lo que a veces olvidan es que ellos también fueron niños. Que también se acostaron nerviosos, que también despertaron antes del amanecer para correr hacia el salón. Que también vivieron esa emoción intacta, aunque el regalo no fuera el soñado. Y, sin embargo, lo recuerdan como un milagro.

Ahora lo entienden todo. Entienden el trabajo invisible de aquellos antiguos Reyes Magos que les dejaban algo en los zapatos. Entienden el esfuerzo, el desvelo, el miedo a no llegar. Entienden que la magia no estaba en el objeto, sino en el cuidado. En el gesto. En la certeza de que alguien pensó en ellos mientras dormían.

La mañana de Reyes es un examen que nadie debería suspenderse a sí mismo. Porque la ilusión de un niño no se rompe tan fácilmente. Vive en la espera, en el ritual, en la certeza de que esa noche es distinta. Y mientras haya alguien dispuesto a sostener esa mentira hermosa un año más, la magia seguirá funcionando.

Tal vez, dentro de unos años, ese niño también cargue con la noche. También dude. También se sienta Rey sin corona y sin certeza. Y entonces, como ahora, volverá a repetirse el milagro.

Porque los Reyes no desaparecen. Se heredan. Y así, la ilusión seguirá llegando puntual, aunque venga sin camellos.

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