- Publicidad -
Cajasiete
sábado, 17 enero,2026

2026 entra ¿y qué?

El año 2026 ha llegado como llegan todos los años : con más ruido que sentido, más confeti que contenido y más plató que realidad. Las campanadas volvieron a sonar, no como símbolo de cierre y comienzo, sino como recordatorio anual de hasta qué punto la televisión sanchista se ha convertido en un decorado cansado que ya ni disimula, total ¿para qué?

Doce uvas, doce golpes de guion previsible, doce segundos de falsa emoción envueltos en lentejuelas de saldo y sonrisas de contrato. Despedimos el año frente al televisor como quien asiste a una función que ya ha visto demasiadas veces, pero a la que sigue acudiendo por pura inercia.

Las campanadas ya no son un ritual colectivo; son un trámite audiovisual. Un acto mecánico en el que los presentadores – tanto peninsulares como insulares- siempre te cuentan las mismas versiones recicladas, fingiendo entusiasmo, complicidad y palabras políticamente correctas, que leen  de un teleprompter que podría haber sido escrito hace quince años. Nada nuevo.La pobreza intelectual convertida en formato premium. La televisión de fin de año se ha instalado en una cutrez suprema pero con presupuestos inflados.

Confundiendo tradición con pereza, audiencia con anestesia y humor con ruido. Y así, año tras año, se repite el mismo esquema: programas especiales que parecen grabados por un algoritmo con resaca, galas interminables  y actuaciones musicales que funcionan como relleno emocional.

En Canarias, además, el contraste fue aún más evidente. Mientras en los platós se celebraba un país que siempre sonríe, el discurso institucional volvía a desplegar su retórica habitual.  Clavijo apeló al esfuerzo colectivo, a la unidad y al futuro compartido, en un mensaje correcto, pulcro y perfectamente encajable en cualquier final de año, habla de estabilidad y esperanza pero no de que  muchos canarios siguen percibiendo que se gobierna mirando más hacia fuera que hacia dentro. Que la agenda política se llena de grandes palabras mientras la vida cotidiana se vacía de certezas. Y ese desfase entre discurso y realidad ya no cuela.

Lo más preocupante no es que los mensajes sean institucionalmente correctos, sino que parezcan desconectados del pulso real de la calle. Igual que ocurre en los platós de fin de año: todo está bien iluminado, todo suena amable, pero falta verdad.  Falta reconocimiento de que no todo funciona.

La televisión pública y la privada compiten en lo mismo: en no molestar. Y la política, demasiadas veces, hace lo propio. Se ofrece un relato amable, perfectamente empaquetado, que evita el riesgo de nombrar aquello que chirría. El resultado es una ciudadanía que escucha, asiente… y luego apaga, y pone Youtube a los meconios.

Cada vez hay más gente que ya no se cree el decorado. Que distingue entre mensaje y realidad, entre optimismo de guion y experiencia diaria. Así que, 2026 entra, con un contraste evidente, el de la   ciudadanía que empieza a desconectar mientras algunos siguen creyendo que basta con subir el volumen, el brillo o el tono institucional para mantener la atención.

Desde El Burgado, este nuevo año lo afrontamos sin uvas impostadas, sin galas interminables y sin discursos huecos. Lo hacemos con palabras, con análisis, con incomodidad cuando haga falta y con ironía cuando sea inevitable. Porque informar no es anestesiar, y gobernar no debería ser recitar.

Que 2026 sea el año en que dejemos de confundir espectáculo con verdad, relato con realidad y corrección con valentía. Que sea el año en que volvamos a exigir algo más a quienes hablan desde un plató o desde un atril creyendo que eso basta.

Las campanadas ya pasaron.

El discurso ya se pronunció.

Ahora empieza lo serio.

Feliz 2026.

El Burgado

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

LECTOR AL HABLA