El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, ha lanzado una seria advertencia al Gobierno de Pedro Sánchez, vinculando directamente la fiabilidad de España como aliado con dos ejes críticos: el cumplimiento del gasto en defensa y la peligrosa deriva de un acercamiento comercial y estratégico hacia China.
Para Rubio, la postura de Madrid no puede ser ambivalente en este momento. El secretario de Estado ha subrayado que la seguridad transatlántica exige compromisos presupuestarios firmes y una alineación clara frente a Pekín, al que Washington considera su principal adversario sistémico. Por ese motivo, cualquier paso del Ejecutivo español que sea interpretado como una «concesión» a los intereses chinos podría enfriar las relaciones bilaterales en un año, 2026, que se presenta clave para la redefinición de la OTAN.
Más allá de las relaciones bilaterales, Rubio ha aprovechado su comparecencia para reivindicar el papel hegemónico de Estados Unidos en la resolución de la guerra en Ucrania. Partiendo de una premisa tajante, ha afirmado que Washington es hoy el único actor capaz de hablar con Kiev y Moscú de forma simultánea. «Si Estados Unidos no estuviera involucrado, nadie estaría hablando con ambas partes», sentenció, descartando de plano la eficacia de la ONU o de la Unión Europea como mediadores reales en el conflicto.
Según el jefe de la diplomacia estadounidense, la implicación personal de Donald Trump en la negociación responde a una convicción estratégica: poner fin a una guerra «sangrienta, brutal y devastadora» cuyo coste humano y económico se vuelve inasumible cada semana. No obstante, Rubio ha querido matizar el papel de su país frente a las críticas de autoritarismo diplomático: «No se puede imponer la paz a nadie; no hay acuerdo posible sin Ucrania y sin Rusia».
Esta declaración de intenciones deja a Europa, y específicamente a España, en una posición delicada. Con el plan de paz de 28 puntos redactado en Washington sobre la mesa, el aviso a navegantes es claro: la paz pasará por el Despacho Oval, y los aliados deberán decidir si suman esfuerzos o si, por el contrario, buscan vías alternativas que Washington no dudará en penalizar.







