Hoy quisiera hablarles de las visiones distópicas sobre Japón que con tanta frecuencia circulan en redes sociales y medios de comunicación. No es un tema que me resulte ajeno: viví allí un tiempo, he viajado al país en numerosas ocasiones y actualmente soy profesor en el grado de Estudios de Asia Oriental en la Universidad de Sevilla. Como a muchos otros, Japón me resulta un país y una cultura fascinante. Japón lleva décadas siendo una de las macropotencias mundiales exportadoras de productos que han revolucionado la industria. Gracias a Internet, en los últimos años se ha multiplicado astronómicamente la información disponible sobre el país. Sin embargo, sólo unas pocas visiones se hacen virales.
Podríamos usar la analogía entre mapa y territorio a la hora de tratar de entender cómo funciona el conocimiento humano. Conocer es siempre sobresimplificar, que es exactamente lo que hacen los mapas. Siguiendo con esta analogía, podemos decir que los mecanismos a través de los cuales mapeamos la realidad son fascinantes. A nivel psicológico, los sesgos cognitivos tienen un papel fundamental. Por otra parte, a nivel sociocultural, las interacciones sociales y las narrativas culturales nos moldean, fomentan nuestras esperanzas o ansiedades, nos dan un sentido o nos lo arrebatan.
Pues bien, ¿cómo sobresimplificamos (es decir, mapeamos) Japón? Una tendencia recurrente en Occidente ha sido el orientalismo, término popularizado por Edward Said. En el caso nipón lo uso para referirme a una peculiar relación de amor-odio: una fuerte admiración por lo estético acompañada de desconfianza hacia otros aspectos socioculturales. La devoción por el arte japonés explota cuando Japón abre sus puertas al resto del mundo, hasta desembocar en la situación actual, donde productos populares como el anime, los videojuegos o el sushi son consumidos por personas de todas las edades.
Esta influencia lleva a que muchos occidentales idealicen Japón, imaginándolo como una mezcla de sociedad hiperfuturista y eterna fiesta cosplay. Pero junto con estas idealizaciones circulan también algunas de las peores narrativas orientalistas, que se viralizan a través de redes sociales. Estos productos suelen presentar el país como una distopía social multidimensional cuya única vía de escape, al parecer, sería copiar el modelo «occidental». Podríamos resumir este mapa del siguiente modo: ¡Qué bonitos son los templos y el sakura! ¡Pero qué mal están en el resto de esferas socioculturales! ¡Tienen tanto que aprender de nosotros!
Si ordenamos los contenidos de muchos influencers y periodistas sobre Japón por número de visitas, a menudo vemos que los centrados en los aspectos más negativos y sórdidos son los más consumidos. Esto tiene explicaciones psicológicas y socioculturales. Por una parte, la información desfavorable tiene un impacto emocional mayor. Por otra, suele haber una profunda incomprensión de ciertos códigos culturales japoneses. Y a todo esto hay que sumarle el efecto del llamado «soft power», es decir, narrativas propagandísticas que buscan presentar la sociedad nipona bajo una luz siniestra. Además, existe un porcentaje de gente que recurre a caricaturas sobre Japón por simples razones instrumentales: generan visitas y, con ello, dinero.
En este contexto, los problemas reales de Japón se sobredimensionan hasta el esperpento, mientras se da a entender que en Occidente esos mismos problemas son casi inexistentes. El ABC de la sociología cultural consiste en reconocer la diferencia entre lo que se visibiliza en un país y lo que realmente ocurre. En España, por ejemplo, apenas se habla del suicidio. Y no porque no sea un problema real, sino por dinámicas que lo silencian. Muchos creen, en cambio, que Japón es el país con más suicidios del mundo. Pero en Japón el suicidio se hiper-visibiliza, mientras que en España se tiende a ignorarlo.
Podemos asegurar, con datos en la mano, que los problemas creados en Japón por la delincuencia, las drogas o la desestructuración familiar son microscópicos en comparación con la mayoría de países. Japón ocupa desde hace décadas el primer puesto en los rankings internacionales de esperanza de vida, así como en los de menor tasa de homicidios y atracos violentos. Si lo comparamos con España, Japón tiene una distribución de ingresos más igualitaria, así como una de las brechas en resultados escolares entre barrios ricos y pobres más bajas de la OCDE. Basta caminar por cualquier ciudad japonesa para percibir su seguridad, limpieza y civismo.
El alto nivel de calidad de vida en Japón hace que sus aspectos negativos resalten más para el observador externo. Esto lleva a algunos a pensar que las características admirables del país deben esconder algún mecanismo autoritario. Sin embargo, los datos indican lo contrario: Madrid, por ejemplo, tiene una densidad de cámaras de videovigilancia por habitante muy superior a la de Tokio; Japón presenta la población penal más baja entre los países industrializados; y los turistas japoneses destacan sistemáticamente por su comportamiento cívico. Todo ello en un país con amplias libertades civiles.
Japón afronta problemas importantes, algo esperable en una sociedad altamente desarrollada. Aun así, está muy lejos de ser la distopía que a menudo retratan. Pese a sus dificultades, la sociedad japonesa sigue siendo admirable en numerosos aspectos. Creo firmemente que Japón es un país del que podemos aprender mucho. No teman a Japón. Si allí se han alcanzado niveles tan altos de civismo, seguridad y eficiencia, también nosotros podríamos lograrlos. Pero para ello debemos empezar por replantearnos algunos de los distorsionados mapas culturales que nos condicionan. ¡Empecemos hoy!







