Obviando a los turistas, fueron los touroperadores y las guías de viajes quienes pusieron a Canarias en el mapa global. Resulta llmamativo, por tanto, que ahora sea precisamente una guía de viajes, Fodor’s Travel, la que ha incluido al Archipiélago en su ‘No List’, una lista de lugares donde recomiendan replantearse el viaje.
Lo curioso es que, supuestamente, no se trata de un boicot, sino una “señal de alarma» para que el turismo no termine devorando aquello que lo hace posible.
La No List no es un listado de “sitios a evitar”, más bien son destinos donde el éxito turístico empieza a mostrar su cara B: sobrecarga ambiental, tensión social, infraestructuras al límite. Por ello, se supone que Canarias aparezca invita a reflexionar. El mensaje no es “no vengas”, sino “pregúntate cómo y para qué vienes”.
Viajar tiene consecuencias. Cada avión lleno, cada crucero que atraca y cada apartamento que se convierte en alojamiento vacacional deja una huella sobre un territorio que no es infinito, ni en suelo, ni en agua, ni en capacidad de asumir más presión.
Durante décadas, Canarias ha sido un caso de manual de éxito turístico con sol todo el año, conectividad aérea, impuestos más bajos, especialización en servicios… Pero éxito es cada vez más frágil.
El turismo sostiene una parte muy importante del empleo y del PIB, sí, pero también ha llevado al límite la “capacidad de carga” de las islas. Más visitantes significan más consumo de agua y energía, más residuos, más tráfico, más presión sobre playas, fondos marinos y espacios naturales.
Un aviso también para los residentes
La recomendación de Fodor’s llega en un contexto que la ciudadanía canaria conoce bien. Las manifestaciones bajo lemas como “Canarias tiene un límite” no son una anécdota, sino la expresión de un malestar acumulado: colas, masificación de zonas urbanas y turísticas, ruido constante, pérdida de espacios de vida cotidiana.
El informe interpreta estas protestas no como rechazo al turismo, sino como síntoma de que el equilibrio se ha roto. Cuando para una parte de la población trabajar en el sector turístico no garantiza poder pagar un alquiler en su propio barrio, o cuando las playas se cierran por problemas de vertidos, el modelo deja de ser percibido como una historia de éxito compartido.
El matiz más importante de la No List es que no demoniza viajar. Lo que propone es una forma diferente de entender el acto de hacer una reserva de vuelo o de hotel. Aplicado a Canarias, el mensaje se podría resumir en “si vas a venir, hazlo con la conciencia de que tú también formas parte del problema o de la solución”.
Eso implica preguntas como “¿Elegimos venir en plena temporada alta o buscamos momentos menos saturados?” o “¿Respetamos las normas de conservación de espacios protegidos o convertimos todo en escenario para la foto perfecta?”.
La No List empuja a asumir que el turismo responsable no es un eslogan, sino una suma de decisiones individuales y políticas públicas.
Proteger lo que hace querer volver
Que una guía de viajes pida frenar un poco en Canarias es, paradójicamente, una señal de cariño, ya que considera que este lugar importa tanto que conviene cuidarlo antes de que el daño sea irreversible.
Si algo deja claro la No List es que amar un destino ya no puede consistir solo en repetir la visita, sino en ayudar a que siga siendo habitable y deseable dentro de diez o veinte años. Para el visitante, eso se traduce en informarse, elegir mejor y respetar más. Para las instituciones y la sociedad canaria, en aprovechar este espejo externo para acelerar cambios que por dentro ya eran urgentes.







