Yo fui testigo de lo que costó convencer a Manolo Hermoso para que entrara en la UCD. Ganó por los pelos las primeras elecciones a la Alcaldía de Santa Cruz con este partido y con un extraordinario equipo, a pesar de la polarización del Ayuntamiento de la capital, en la bendita Transición. Y, luego, ya en la ATI, sus goleadas fueron memorables. A Mari Pelayo, a Manolo Álvarez de la Rosa, a Paco Medina y a más gente que ahora no recuerdo. Me parece que una de las veces, de 26 concejales con que contaba la corporación, 21 de ellos eran de ATI. Fue el puto amo. No pudieron con él ni el caso Floreal, ni el caso Marvecán ni todos aquellos aguaceros. Con Manolo, el nacionalismo canario, bajo las siglas primero de ATI (movimiento tinerfeñista) y luego CC (ya regional) consiguió los mayores éxitos. Era un hombre bueno, de cuya bondad a veces abusamos los periodistas. Tenía mucho más entusiasmo y cercanía que cultura política, pero era un fantástico negociador, aunque no supiera explicar en televisión el contenido del Tratado de Lomé. Le dimos duro en El Perenquén de Canal 7 y se cabreada con nosotros, pero nunca nos negó su abrazo. Yo ando ya bastante despistado y la última vez que lo vi en Los Limoneros, Manolo me reconoció a mí, me saludó, afectuoso como siempre, pero yo le tuve que preguntar a un camarero que quién era. Lo que demuestra que estaba mejor que yo de cabeza y de vista, porque lo que me está ocurriendo ahora es que me olvido de las caras y eso me preocupa. Aunque dicen que si me doy cuenta de que me olvido no sufro Alzheimer. Un día va a pasar junto a mí Amid Achí y no lo voy a reconocer y eso para mí sería el final. Con Manolo desaparece un hombre bueno. Yo creo que aún mantenía una tertulia de amigos en el Bar Atlántico, junto al local del Bar British, allí donde Mr. Gaze no se dio cuenta de que estaba sentado en una mesa, hablando en inglés con Marlene Dietrich. Allí donde Pérez y Borges y yo entrevistamos a Rómulo Bethencourt, que se bajó del barco rumbo a La Guaira: en el Santa María, el Veracruz, el Montserrat, uno de esos, y lo encontramos tomándose un ron en aquel bar. “Estoy contento”, nos dijo el viejo adeco, “porque Venezuela vive en democracia y en libertad”. No sé si fue antes o después de quemarse las manos. Manolo Hermoso tuvo enemigos simpáticos, como Juanito el Vaca, que lo perseguía por Santa Cruz por un tema de urbanismo y Manolo tuvo que refugiarse en algún portal cercano para no tener que sufrir el abrazo del oso. Era un hombre que dominaba los barrios, que entraba en las casas, que se dejaba invitar por ciudadanos humildes, que atesoraba bondad. Un gran padre de familia, enamorado de su mujer, Asun Varela, que no ha podido soportar la muerte de su hijo, tan prematura. Manolo estaba pachucho y muy tocado por los efectos de esa muerte. Iba a cumplir, el mes que entra, 90 años y con él desaparece uno de los grandes y destacados personajes de su generación. Una vez se montó una trifulca en el Ayuntamiento, en los tiempos de la UCD, con comunistas y socialistas atacando desde el público, la Policía Municipal desbordada, y lo mejor fue ver cómo, tras aquel tumulto, Julián Ayala, periodista, que es comunista, salvaba, abrazándolo, el crucifijo que adornaba la mesa del salón de plenos y que iba a ser pasto de la horda. Este era entonces otro país distinto y Santa Cruz una ciudad en donde todo el mundo conocía a Nacho el Gofio, a Cambray Zamorano –que dirigía mejor el tráfico en El Toscal que los propios guardias municipales—, a la Heidi y a Paulino el sargento de la Policía Municipal, que una vez, cargado, se llevó una bandera del edificio de la Presidencia del Gobierno de la Plaza de los Patos, arriándola con toda solemnidad. Y era guardia. Y al Talento, que vendía lotería a plazos y era un personaje entrañable de Santa Cruz. Y a Ignacio Lutzardo, aquel grandullón que me vendió por 100.000 pesetas, en cómodos plazos, un solar en Lanzarote, que no era solar, sino playa. Lo que hice fue irme a bañar un día a mi solar y luego dejárselo a los turistas para su solaz. Así era Santa Cruz, el Santa Cruz de Manolo Hermoso y de Los Huaracheros, por la que tanto luchó el buen alcalde. Como luchó por Canarias cuando le tocó hacerlo desde la Presidencia del Gobierno. Permitió, como era lógico, a los canariones que tuvieran su universidad y se esforzó por anular el pleito. Hoy son conceptos trasnochados. Las Palmas nos ganó la partida y hoy Las Palmas es una ciudad impresionante, la verdadera capital de Canarias, con 400.000 habitantes, o así, y Santa Cruz, con la mitad, construye un carril-bici, aunque no haya censada ni una sola bicicleta. Es la diferencia entre la cabeza y los pies. Manolo Hermoso se ha ido y yo me quedo muy triste. El miércoles, a las once de la mañana, recibirá sepultura con todos los honores. Una de las ventajas de haber sido alcalde es que, cuando te mueres, toca en tu honor la Banda de Música. Lo malo es que tú no puedes escuchar el “Ay Santa Cruz”, interpretado por la Banda Municipal de Santa Cruz. Nosotros todavía sí y eso te pone los pelos de punta. José Arturo permanecerá, en posición de firmes, junto al féretro, y Juan del Castillo ya no podrá escribir un nuevo obituario porque también se ha muerto. A lo mejor hay un periódico en el Cielo, que no sea digital.
viernes, 16 enero,2026







